Midió mal sus fuerzas. El tirón mediático tiene esa capacidad de nublar el juicio y en el caso de Yolanda Díaz le llevó a creerse capaz de convertir en triunfo lo que era un claro fracaso.

La reforma laboral aprobada lo incumple todo: lo prometido por PSOE y Unidas Podemos a sus votantes, lo que ambos firmaron en su acuerdo de legislatura y lo que habían convenido con sus socios parlamentarios. Desde esta perspectiva, ERC y EH Bildu tienen toda la razón al negarse a tragar con una reforma que, en esencia, supone preservar la que hizo el PP.

Los cambios mejoran el marco laboral actual pero los independentistas no son partidos de Estado a los que les importen estas cuestiones (ni una confluencia de Podemos aunque a veces lo parezcan). El que Yolanda Díaz creyera posible colocarles con una sonrisa una reforma laboral que podría haber firmado José María Aznar revela que su estrategia es, como mínimo, poco realista.

Y esto es lo que pone negro sobre blanco la votación de ayer: que el proyecto de la vicepresidenta segunda tiene los pies de barro. Casi un año después de recibir el testigo, Yolanda Díaz sigue sin ser nada más que una personalidad sin partido.

Su plan de organizar una gran plataforma que aglutine a todas las formaciones de izquierdas alternativas al PSOE es, realmente, su única opción pero implica construir un liderazgo propio sobre una decena de cabecillas con intereses distintos.

En el fondo es un contrasentido tan grande como aspirar a aprobar una reforma laboral conservadora y que los independentistas te saquen bajo palio. Las dificultades que está teniendo para crear una estructura de mandos intermedios es la prueba de que su proyecto rezuma más incertidumbres que certezas.

A nadie se le escapa tampoco que si bien Díaz tiene mucho que ver en la recuperación de Unidas Podemos en las encuestas, no todo se debe a ella. La salida de Pablo Iglesias fue un elemento decisivo para cortar la sangría que sufrían los morados.

Es evidente que tras el revés de ayer, Díaz va a tener más complicado imponer su caudillaje en un espacio lleno de competencias. Pero sería un error darla por amortizada. No hay que olvidar que ella nunca ha pretendido pescar en el caladero de la izquierda radical sino en el del PSOE, con un proyecto que aspira a ser laborista.

Tampoco conviene olvidar que ni Ione Belarra ni Irene Montero están ni siquiera en disposición de empatar con ella en cuanto a posicionamiento entre los votantes progresistas o reconocimiento entre el resto de formaciones de izquierdas.

Díaz pensará ahora en su siguiente ‘round’ frente a Pedro Sánchez que, probablemente, será una nueva subida del salario mínimo.

Pero de aquí en adelante tendrá que medir bien sus fuerzas si no quiere desplomarse por un mal paso de sus pies de barro.

Ana I. Sánchez ( ABC )