Como cualquier matrimonio más o menos bien avenido, Sánchez e Iglesias tuvieron una «discusión fuerte» el otro día, al menos según el segundo, que va por las radios contado los detalles íntimos de la relación como una folclórica y cualquier día de estos lo vemos en las páginas del Diez Minutos acompañando a la ministra de Igualdad, aka su señora y madre de sus hijos.

Parece ser que la indiscreción no ha sentado nada bien en Moncloa, donde poco más de 24 horas antes habían servido a El País los whatsapps de una conversación no diré que íntima pero sí bastante privada con Pablo Casado. No es lo mismo, claro, a la derecha se le puede hacer lo que sea, pero cómo me haces esto a mí, Pablo (el otro, claro).

Yo me imagino la escena de la «discusión fuerte» como una de aquellas actuaciones memorables de Pimpinela, cambiando el escenario por el quicio de la puerta de algún despacho monclovita: “¿Quién es?/ Soy yo/ ¿Qué vienes a buscar?/ A ti /¡Ya es tarde! /¿Por qué? /Porque ahora soy yo el que quiere pactar los Presupuestos con Ciudadanos»; algo así, más o menos.

Los Pimpinela originales resulta que eran hermanos, lo que una vez sabido daba a sus falsas discusiones conyugales un punto sucio e incestuoso que yo creo que las hacía bastante más interesantes. Con o sin fraternidad de por medio, a mí siempre me dieron mucha risa, tanta que no sé si esa era en realidad su pretensión primera.

Pero poca broma con la fórmula que descubrieron: según la Wikipedia, treinta millones de discos vendidos les contemplan, a ver quién puede decir eso en España. ¡Con lo cutres y kitsch que nos parecieron cuando llegaron aquí a mediados de los 80, y nosotros ya estábamos metidos en la Movida y nos creíamos lo más de lo moderno!

Volviendo al tema: estos pimpinelos nuestros no son hermanos de sangre como el dúo cantarín, pero sí bastante hermanos en lo político y, sobre todo, en la forma de hacer política: sin distinguir entre verdad y mentira, sin dar cuartel y sin hacer prisioneros, ni siquiera entre los propios o precisamente aún menos entre los propios, baste mirar cómo tienen uno el PSOE y el otro Podemos, dos partidos que prácticamente han desaparecido bajo la bota de sus amados líderes.

Pero no teman, no se preocupen por la estabilidad del Gobierno: como en el caso de los Pimpinela originales, en las «discusiones fuertes» de nuestros pimpinelos la sangre nunca llega ni al río ni al divorcio, dan igual las mentiras, los celos y los cuernos, no importan los follones legales de uno ni que parezca que el otro quiere más a Inés: al final volverán al redil porque si no no son nada, ya que estamos de canciones.

Y mientras tanto la factoría Redondo va inflando las velas de la propaganda con estas cositas, que si nos entretenemos con los dimes y diretes y las escenas de desamor igual no nos acordamos de que entre discusiones de broma y discusiones de veras esta parejita de pimpinelos está metiendo a España en un pozo del que ya veremos si son capaces de sacarla nuestros hijos dentro de quince años.

Pues mire, señor Redondo: pueden ahorrarse el teatro, resulta que sí nos acordamos.

Carmelo Jordá ( Libertad Digital )