Yo veo en el período histórico conocido como franquismo una verdad. Una verdad con sus luces y sombras, pero una verdad con abundantes frutos positivos, innegables. Y veo un período brillante, sobre todo, al compararlo con sus precedentes y con sus consecuentes. Y son éstos, precisamente, mediocres, corruptos y traidores al pueblo y a la patria, sus más feroces denostadores.

Son éstos, los antifranquistas activos, quienes no quieren ver la verdad del franquismo. Y si los más canallas y los más criminales odian al franquismo, éste tiene que ser bueno, por deducción. Ítem más: quien no ve la verdad está ciego; quien la ve y no la alaba, es ingrato; quien resiste a quien la alaba, es imbécil.

Aunque a lo largo del régimen la idea se fue diluyendo, el franquismo supo, contra todos los antiespañoles de dentro y de fuera, hallar un camino político original hacia el progreso. Consciente de la perversión que, en todos los aspectos, suponía el conglomerado frentepopulista, comprendió lo absurdo de respaldar a los sistemas de gobierno al uso, cuyas filosofías, por distintos caminos, acaban actuando contra la libertad del pueblo trabajador y fomentando su miseria material y moral.

Sistemas cuyo objeto final, inconfesado, es el privilegio permanente de las elites depredadoras, su ganancia pura y dura que acaba llevando a la especulación y a la estafa de miles de millones. De manera que, a los pobres consumistas, artificialmente creados, además de su desgracia por serlo, ambas doctrinas, comunismo y liberalismo económico, les enseñaban y enseñan a robar, a ratear o a traficar en una sociedad de tiburones o de mendigos.

Porque ambos sistemas, falaces cada uno a su modo, apoyan intereses, convencionalismos políticos y artificios para obligar a creer a la gente en las panaceas de nuestro tiempo o en utópicos horizontes, como verdades absolutas, algo contrario a la historia.

La libertad, la tolerancia, la igualdad son una gran tapadera ante las diferencias y desigualdades. En virtud de los eslóganes democráticos y revolucionarios se asesina, se multiplican las hostilidades y conflictos bélicos impunemente y se viola el derecho individual y de los pueblos soberanos.

La democracia de los capital-comunistas ha acabado mostrándose, al cabo, como una farsa que, además, es reaccionaria. Sólo cabe ante ella el retorno del sentido común -ya que no podemos echar mano de la Providencia- para que los españoles vuelvan a encontrar su camino en el concierto internacional, y puedan recomponer la verdad al margen de los intereses plutocráticos y de los sectarismos diversos.

Pero el sentido común está hoy desaparecido. Cuando, tras el lúgubre y entonces confuso 11M, llegó Zapatero al poder, muchos decían que era un tonto fanatizado y que no tenía porvenir, pues sus decisiones, más allá de irracionales, eran aberrantes.

Pero fue soportado complacientemente y reelegido por el pueblo soberano. Mientras tanto, unos pocos se percataron de que se enfrentaban al típico y peligroso tonto-listo, un muñidor malicioso más, sin capacidad personal ni autonomía reflexiva, entre aquellos que los priostes tenían adoctrinados y comprados en Occidente, para llevar a cabo el programa de sus agendas, hasta conseguir el objetivo final.

Ahora, dieciocho años después y con la ayuda de otros muñidores tan codiciosos y venales como Zapatero, los plutócratas de la cofradía tienen aprisionada y desahuciada a España y a los españoles. Todos ellos, güelfos y gibelinos, izquierdas y derechas, antifranquistas activos, expertos en utilizar en sus discursos palabras solemnes e impostadas a juego con su demagogia y que nada significan, son pirómanos que, mediante su propaganda y sus propagandistas, pretenden convertirse en bomberos.

Todos ellos, doctrinarios LGTBI y comparsas del NOM, es decir, pervertidos y pervertidores, sufren el ansia de dominar; y como Dios los cría y ellos se juntan, tanto los congregantes mayores como los menores, tanto los patronos como sus palanganeros, saben que esa morbosa sed de dominio y de servilismo que les singulariza no nace en ellos por un prurito de mayor gloria, aunque sea ésta malentendida, sino por un enfermizo anhelo de codicia y una querencia por el vicio, por un  siniestro afán de alcanzar el mayor poder efectivo que les ayude a ejercer el mayor mal posible con absoluta impunidad.

Esta actitud y este tipo de política, tan viejos como la maldad humana, lleva en sus repugnantes facciones el mismo sello odioso que sus valedores, el mismo impenetrable secreto en sus procedimientos, los mismos medios insidiosos de acusación, el mismo uso engañoso de la propaganda, iguales violencias contra el adversario.

Como la máscara del disimulo es demasiado enojosa para poderse conservar siempre, ha ido perdiendo más y más su prudente circunspección, hasta que han llegado a presentar el espectáculo del cinismo, la jactancia del poder absoluto, la opresión del para ellos admirado lodazal estalinista.

El caso es que nos hallamos divididos o indiferentes, sin Estado ni patria, sin idioma oficial común, gobernados por unos políticos depredadores y cipayos que sólo tienen de españoles el DNI, una tarjeta identificativa, por otra parte, de dudosa utilidad o validez virtual en algunas provincias. Y que pronto los ladrones de la partidocracia, instigados, amparados y consentidos por sus amos globalistas, habrán rapiñado todas las propiedades privadas, junto con los míseros residuos de libertad que aún quedan.

Un pueblo no puede progresar ni existir en un ambiente de división y odios políticos, como ocurre siempre que gobiernan las izquierdas resentidas. La mayoría de nuestros políticos, más aún a las órdenes del NOM, son delincuentes que niegan la realidad que los retrata y parasitan el Estado. Con ellos rigiendo nuestros destinos, España, un país de raíces católicas y fundamento de la cristiandad durante la mayor parte de su historia, está llamada a sufrir las furias del anticristo.

Al margen de quienes cometieran los atentados del 11M en Madrid, acontecimiento hoy ya sospechado, es fundamental para el análisis entender quienes fueron sus beneficiarios políticos: las izquierdas resentidas en particular y la antiespaña en general.

Los políticos de la Transición, con sus condescendencias y concesiones al terrorismo, han convertido el asesinato en una forma legal y provechosa de hacer política, destruyendo el Estado de derecho. Los antifranquistas activos -indígenas o foráneos- y los terroristas beben la misma leche y comparten la misma cama.

De su mano, hasta aquí han llegado las aguas de la avilantez nacional: hasta la desconfianza absoluta en todas las instituciones. El tocomocho nacional es la forma última, amarga y colectiva de la democrática Transición. Tras el fructuoso período histórico que supuso el franquismo, hemos vuelto a una España pedigüeña y subsidiada de pobres y ricos, de desvalidos morales, que es la que han traído las mentes delirantes de los antifranquistas con su abyecta ideología.

No se puede forjar ni gobernar una nación odiándola o nadando a favor de todas las corrientes predominantes; ni buscando un protagonismo que no se tiene por falta de autoridad, es decir, de virtud; ni tratando de sobrevivir en el poder indefinidamente sin necesidad de ajustarse a un código elevado de principios; antes bien, persiguiendo a aquellos cuyas opciones difieren de las propias, y recompensándose de la abstinencia de virtudes dando rienda suelta a los vicios más mortales del corazón: el odio, la intolerancia, la envidia… vicios los más dañosos para la sociedad.

Finalizado el franquismo, España acababa de salir de cuarenta años de progreso perceptible y continuado, y con una ciudadanía esperanzada toda prosperidad futura era posible. Pero los antifranquistas activos trocaron la ilusión en basurero, y con su taimada estrategia y sus mentiras como norma de actuación, hicieron detestable la Transición corrompiendo el alma de la patria. Una corrupción absoluta: social, política, económica, judicial, educativa, policial, militar…

Durante el período franquista se reconstruyó España, situándola universalmente entre las diez naciones más avanzadas. Por el contrario, durante la democrática Transición, los antifranquistas han conseguido de nuevo destruirla. Porque la destrucción es su bagaje histórico, su íntima querencia.

El ser humano desea trascender; y mientras los espíritus nobles trascienden construyendo, las almas abyectas lo hacen destruyendo. España, gobernada durante las cuatro últimas décadas por la abyección, es hoy un vertedero, para mayor gloria de los antifranquistas activos y sus cómplices, más o menos embozados.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )