Los “riesgos” de Torra ya aguardan al nuevo presidente Sánchez

La primera en la frente. Casi a la misma hora en la que Pedro Sánchez prometía ayer su cargo de presidente del Gobierno ante el Rey, en una sencilla ceremonia despojada por primera vez de todo símbolo religioso -la política se va a teñir de gestos así desde ahora-, el nuevo Govern catalán tomaba posesión en un altisonante acto convertido en “homenaje a presos políticos y exiliados” y de denuncia de “la involución democrática de España”.

El president Torra y sus consellers organizaron una performance dominada por la abundancia de lazos amarillos y hasta ropajes del mismo color. Y huyeron de los vientos laicizadores que se estilan abrazando sin empacho a un Sant Jordi de plata del siglo XV trasladado para la ocasión. A fin de cuentas en el relato independentista cuenta más la falsificación del pasado que los principios de libertad e igualdad que sustentan los modernos derechos de ciudadanía.

Los usos de la democracia solían garantizar a cada nuevo presidente 100 días de cortesía para que tomara las riendas. Pero sabíamos que a Sánchez los mismos que le respaldaron el viernes le negarían el pan y la sal. “Líbrame de mis amigos”, estará implorando el líder socialista. Torra no tiene tiempo que perder. Y, tras celebrar el fin de la vigencia del artículo 155, se comprometió a no dar “ni un paso atrás” y a “avanzar sin desfallecer” hacia la consecución de un Estado independiente. “Tenemos un mandato republicano”, advirtió bien alto para que Sánchez le escuchara nítido desde Moncloa.

No cabe hacerse los sorprendidos. El desafío independentista catalán es el principal problema al que se ha enfrentado España en los últimos años y seguirá siéndolo con el líder del PSOE en el Gobierno. Los ilusos que coqueteaban con que la defenestración de Rajoy hacía evaporar todas las dificultades tendrán que reescribir el argumentario. Antes al contrario, el secesionismo tiene ahora enfrente a un Gobierno de extrema debilidad y formado gracias a la venia de los mismos independentistas, que se exhiben estos días realmente crecidos. Como para no inquietarse por el guante que Torra lanzó ayer a Sánchez: “Hablemos, tomemos riesgos”.

Esto último, en boca de quien no tiene la más mínima voluntad de un diálogo sincero y dentro del ordenamiento constitucional, el único marco posible, sería para tomárselo a broma si no estuviéramos ante el mayor reto de la democracia. Ese órdago ha exigido siempre una respuesta unitaria, leal y consensuada de las principales fuerzas constitucionalistas. Y así sigue siendo. Pero es obvio que esa unidad se ha quebrado por el modo en el que se ha materializado la moción de censura. Y los peajes en la sombra que hipotecan a Sánchez no son, desde luego, la mejor condición ni dan la fuerza necesaria para afrontar el desafío.

Por lo pronto, en su intento contemporizador para favorecer el diálogo, el nuevo presidente del Gobierno ya ha hecho suyo un diagnóstico sobre el problema catalán que, como mínimo, resulta temerario. Sostiene que todo es consecuencia de que el Tribunal Constitucional tumbara buena parte de la reforma del Estatut, como si la legalidad debiera plegarse al trueque político. Podrá dar vueltas a su idea de plurinacionalidad y prometer muchos brindis al sol reformistas para intentar colmar la voracidad soberanista. Pero se equivocará. Porque la huida hacia adelante de quienes empujan el procés no se detendrá ni resolverá con reformas en la casa de todos que es España, porque Torra, Puigdemont y los suyos no quieren obras de restauración, sino la voladura del edificio.

Es ésta una hora de gran incertidumbre. Y al menos merece Sánchez no ser juzgado por los pasos que aún no ha dado. Pero los españoles tienen derecho a estar vigilantes. Y no inspiran tranquilidad las urgencias que en el mismo seno del PSOE marcan dirigentes como la ministrable Meritxell Batet, quien más se ha apresurado a reclamar la retirada del control de las finanzas de la Generalitat. Rajoy preguntó a Sánchez en el Congreso si iba a hacerlo, en contra de lo que defendía hace sólo una semana. La callada fue la respuesta de quien nada podía confesar o decir que desbaratara los votos independentistas.

Muy mala señal sería. A Batet hay que recordarle que Hacienda intervino las cuentas de la Generalitat mucho antes del 155 para garantizar la estabilidad económica nacional y, aun más, para salvaguardar la misma viabilidad del sistema de financiación autonómica, que la irresponsabilidad del Govern estaba poniendo en jaque. Confiemos en que Sánchez sea capaz de obrar con prudencia, que riesgos ya le va a tender Torra de sobra.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor