Los sindicatos que supuestamente querían movilizar ayer a miles de trabajadores en una huelga contra la decisión del Gobierno de no subir el salario mínimo no pincharon.

Es cierto que apenas acudieron unos pocos cientos, sumando las concentraciones de toda España. Pero eso no fue un fracaso, sino una inmensa farsa sindical para simular que critican a un Gobierno contra el que objetivamente no mueven un dedo en defensa de los trabajadores que dicen representar.

Si quisieran realmente haber plantado cara a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, lo habrían hecho. Sin embargo, son rehenes de un objetivo común.

Su preocupación por la superación de la recesión es idéntica a la del resto de españoles. Pero practicar una estrategia de meras apariencias roza el ridículo, y así no van a ganar credibilidad.

Si fuese un Gobierno de la derecha el que estuviese en Moncloa, lo de ayer habría sido una movilización real, y no un mero simulacro para tranquilizar su conciencia.

ABC