En España ya no está bien vista la homofobia. Ni el odio contra las personas transexuales. Tampoco se considera de recibo menospreciar ni mucho menos maltratar a las mujeres. O discriminar a la gente por su raza, nacionalidad u origen.

Ocurre, se dan casos, muchos casos, pero esa clase de comportamientos ya no suele salir gratis. Las personas tienen derechos que no pueden ser menoscabados a causa de sus preferencias sexuales, por su género, el color de su piel, por la religión que profesen o por haber nacido en tal o cual país.

Cualquier personaje público, sea político, cantante o futbolista, sabe que un comentario desafortunado relacionado con la homosexualidad, la religión o la raza le puede costar la carrera. No se admiten peros y las rectificaciones no sirven de nada. Hay líneas rojas que no se pueden pasar. Nunca, jamás, no.

Claro que hay excepciones. Por ejemplo, los insultos a los católicos. Eso está perfecto. Se considera progre, guay y moderno vejar a los que profesan la religión católica, ciscarse en sus símbolos y hasta tirarlos a la basura.

Acaba de ocurrir en la población cordobesa de Aguilar de la Frontera, donde la Cruz de las Descalzas ha acabado en un vertedero por orden de la alcaldesa, Carmen Flores. Y sin consecuencias. ¿Qué le podría ocurrir a esta señora en caso de tirar a la basura un ejemplar del Corán? Más vale no pensarlo.

Tampoco está del todo mal visto el odio contra España y los españoles. Sobre todo en Cataluña, aunque más que odio habría que llamarlo autoodio. Es muy común entre los independentistas, que llaman a sus compatriotas «ñordos» o «españolarros» entre otros apelativos no precisamente cariñosos.

Este lunes ha causado baja de las listas de JxCat un tal Josep Sort. El tipo llevaba años insultando a los españoles en las redes sociales, prometiendo «hacer limpieza» y despotricando contra todo lo hispánico sin que Twitter le hubiera apercibido ni una sola vez.

En abril del año pasado llamó «puta histérica española» a la alcaldesa Ada Colau, quien ha refrescado el tuit a las puertas de la campaña electoral. Esa combinación, alcaldesa y elecciones, ha sido letal para Sort, presidente además del partido Reagrupament, una escisión de ERC.

En su día se avino a retirar lo de «puta» porque dijo que las putas no tenían ninguna culpa. Ahora se ha tenido que retirar él, pero no por la hispanofobia, sino por lo de “puta” e “histérica”. De hecho, fue la hispanofobia la que le procuró un puesto en la candidatura de Puigdemont.

El nacionalismo está plagado de personajes que comulgan con Sort en el fondo y hasta en las formas si son contra España y los catalanes no independentistas. Son los SS del catalanismo, los supremacistas separatistas. El último presidente de la Generalidad, Quim Torra, dio muestras sobradas por escrito.

Llegó a calificar a las personas que hablan español en Cataluña como «bestias con forma humana». El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña apreció indicios de delito en ese texto, pero prefirió entender que había prescrito.

La número dos de la candidatura de JxCat, Laura Borràs, es una consumada odiadora que considera que «los españoles llevan en el ADN todo lo que sea prohibir, impugnar y suspender».

También es una fiel seguidora del mantra «España nos roba», en cuya difusión tuvo mucho que ver Pere Aragonès, candidato de ERC y discípulo aventajado de Oriol Junqueras, quien en 2008 escribió un artículo en el que aseguraba que los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles; más con los italianos que con los portugueses, y un poco con los suizos. Mientras que los españoles presentan más proximidad con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los franceses. Curioso…

Joan Canadell, el número tres de la lista de JxCat, es otro fenómeno de la hispanofobia, un tipo que considera que «España es paro y muerto; Cataluña, vida y futuro» y que los «colonos» (sinónimo de españoles en Cataluña) no están preparados para los empleos de alta cualificación que más se requieren.

Otro amigo de sus compatriotas es Jordi Puigneró, consejero de Políticas Digitales y Administración Pública de la Generalidad, quien en 2012, al comienzo del proceso, tuiteaba que un intelectual español hablando de federalismo es como un marido alcohólico maltratador gritando «cambiaré» el día que la mujer está haciendo las maletas.

El odio viene de lejos, está en las raíces del catalanismo, continuó con Heribert Barrera y Pujol, que consideraba al hombre andaluz como un ser inferior, y se renueva con los Torra, Junqueras, Borràs y Canadell. ¿Hasta cuándo habrá que aguantarlo?

Pablo Planas ( Libertad Digital )