LOS TONTOS TAMBIÉN MUEREN

Hace unos horas presencié cómo un hombre se quitaba su mascarilla y  sin preguntarle a una señora a la que conocía si le parecía bien, le daba un beso al tiempo que decía “No se puede, pero yo lo voy a hacer”.

Este un solo ejemplo de los muchos casos que podríamos aportar para describir lo que yo sí llamaría la nueva normalidad, que consiste en competir a ver quién es el más irresponsable del pueblo, en un momento en el que muchos de los enfermos que son dados de alta tras haber padecido el COVID 19, regresan a su casa a seguir estando jodidos, con secuelas de las que tardaran tiempo en recuperarse… o no.

Mientras tanto los sanitarios están dando la voz de alarma porque son los únicos que conocen los riesgos de un rebrote, y están tan cansados que algunos  – es muy probable que no sea un número significativo-  están pensando en abandonar su profesión y dedicarse a otra actividad, porque su cuerpo y su mente no aguantan más.

Más que miedo sienten pavor por si llega el temido rebrote de contagios que ya se está produciendo en otros países y que aquí también puede llegar, a pesar de que hemos tenido el más estricto y prolongado confinamiento de nuestro entorno.

La ignorancia en España es intergeneracional. Somos un país de  inconscientes – unos más que otro, es cierto – pero no se libra de esa condena ningún sector de la población, y no es extraño porque hay mucho viejo tonto del haba vertiendo sus mediocres pensamientos líquidos convencidos de  que imitan a Demóstenes, y una similar cantidad de jóvenes insolidarios esparciendo el riesgo del contagio del COVIS 19,  como si con ellos no fuera el contagio.

Hemos pasado de contabilizar como casos excepcionales los  excesos de gente que desde el principio incumplía las normas de confinamiento, a la barra libre de esta tercera fase, en la que cada vez es más frecuente ver  a gente paseándose por la calle  sin mascarillas o con esa necesaria protección colocada en cualquier sitio menos en la nariz y la boca.

No se trata de tener miedo sino información e inteligencia porque si a mucha gente le preguntasen cuál sería la muerte  que les gustaría tener cuando les llegue ese inevitable momento, nadie elegiría el COVID 19 si supiera realmente cómo es ese final.

Algunos de los que sanan sólo han conseguido aplazar  su muerte a cambio de vivir bien jodidos y machacados el tiempo que les queda, porque vienen con la vida recortada. No voy a dar nombres pero hay políticos y gente muy  conocida que no levantan cabeza después de haber pasado por la enfermedad.

Estoy persuadido de que además del nivel de estupidez colectiva que existe en cualquier sociedad, ha faltado y sigue estando ausente del mensaje institucional una campaña contundente para disuadir a la población de los excesos que se  están cometiendo, y me refiero a algo similar a los mensajes que Sanidad hizo contra el tabaquismo  poniendo en las cajetillas de cigarros  la imagen de los estragos que hace el cáncer en el cuerpo humano   o los de la Dirección General de Tráfico que permiten que visualicemos los destrozos  que provocan en nuestros cuerpos los accidentes de carretera.

Siempre haré un canto a la vida y a la libertad porque yo soy el primero que ejerce esos dos derechos, pero también a la inteligencia y la responsabilidad, pero hoy me ha salido una crónica  cabreada.

Diego Armario