Ahora que el dictador Putin nos ha llevado a la hora de la verdad, invadiendo Ucrania, según ha dicho, para «desmilitarizarla y desnazificarla», cabe recordar quiénes son los que durante años han ido sembrando el terreno para que en España y el resto de Europa quede la duda sobre si, como dice el Kremlin, ese país europeo es un nido de neonazis, un polvorín armado por Occidente, un victimario que merece ser sacrificado por una Rusia que habla de paz mientras te apunta a la frente con el dedo en el gatillo.

Permítanme citarles de una de las primeras entrevistas de Pablo Iglesias como eurodiputado en Bruselas: «Hemos visto a dirigentes europeos muy importantes apoyar en Ucrania a neonazis y favorecer un desplazamiento de poder ilegal en Ucrania». Era 2014, se acababa de anexionar Rusia la península ucraniana de Crimea, y comenzaba a tomar forma una formidable maquinaria de injerencias preparada por Moscú para este momento en que nos encontramos, el de la agresión a Europa.

Por mucho que el señor Iglesias quiera hoy expiar pecados, ante la atrocidad de esta guerra, su pasado le delata. Y no el pasado de cuando daba clases en la universidad, sino cuando ya ocupaba escaño, en Bruselas o Madrid. Hoy, todo cuadra. La maquinaria rusa funciona formidable.

Medios estatales rusos publican supuestas noticias en decenas de idiomas, incluido el español, que no se saltan una coma del argumentario del Kremlin. Columnistas y analistas pagados por esos mismos medios estatales repiten en ellos, y en otros, las tesis prorrusas.

Los regímenes dictatoriales de Cuba y Venezuela y sus canales de propaganda se hacen eco en español de los mensajes de Moscú. (El ‘Granma’ cubano, por ejemplo: «Rusia avanza en la desmilitarización de Ucrania»).

Los gobiernos a los que el Kremlin ha cortejado -Argentina, México, Brasil- se ponen de perfil. Políticos populistas, de extrema izquierda y extrema derecha en Europa le hacen también el juego a Putin. Con sofisticadas campañas de injerencias, Rusia les apoyó, los aupó a las instituciones, en España también.

Búsquenles: puede que condenen la guerra, pero también a la OTAN, a EE.UU. y probablemente a la UE, por provocar. Es posible que ahora hasta se manifiesten en las calles, ante lo atroz de la masacre de Putin.

Pero nunca olviden qué decían cuando no era tan patente a qué dueño servían.

David Alandete ( ABC )