Cuando los líderes de Unidas Podemos afirman, en el Parlamento de una democracia occidental y europea, que la oposición nunca volverá a la mesa del Consejo de Ministros, sin explicar cómo sucederá tal cosa, o que está fuera del Estado, como si fueran apátridas políticas, hay que preocuparse seriamente porque es su proyección para nuestro país de lo que está sucediendo en Venezuela.

Y como quienes hacen tales declaraciones resultan ser, por un lado, socios de Gobierno con vicepresidencia y tres ministerios, y, por otro, líderes de una coalición siniestra y antidemocrática de separatistas y proetarras, la situación es cualquier cosa menos tranquilizadora.

Y si, además, un expresidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, asume con desvergüenza mundial la función de testaferro en Europa de la dictadura chavista, el resultado final es que España puede convertirse en la cabeza de playa del totalitarismo bolivariano en Europa. Los topos del chavismo.

Cosas que hace poco más de un año parecían impensables porque el propio Sánchez las descartaba -pactar con Pablo Iglesias o con EH Bildu, por ejemplo-, hoy han pasado a formar parte de la dirección del Estado.

El significado real de esta actitud de la izquierda española hacia la dictadura de Nicolás Maduro revela una degeneración de su calidad democrática. Fuera o no delito, la bienvenida del ministro de Fomento José Luis Ábalos a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, fue un acto de deslealtad con Europa y de infracción de sus decisiones comunes sobre Venezuela.

Pero retrató la predisposición del Gobierno de Pedro Sánchez -donde ya no hay moderados, sino obedientes- a condescender y pactar con todo aquello que represente crispación izquierdista y un ataque directo a los valores de la democracia occidental. Zapatero ha pedido, con su prosa meliflua habitual, que «Europa reflexione» sobre su negativa a reconocer los resultados de las elecciones legislativas en Venezuela.

La reflexión está hecha y con los resultados propios de los ideales de las democracias basadas en el Estado de Derecho y el respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos, empezando por el derecho a la igualdad. La reflexión de la Unión Europea es la reflexión de la dignidad democrática.

Lo que pide Zapatero es que Europa reflexione como Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, pero menos mal que Europa no quiere suicidarse políticamente. Cuando un socialista español, de los actuales, ha reflexionado, ha acabado pactando con comunistas -los de aquella media Europa asolada por su ideología hasta 1989-, con proetarras que no piden perdón por casi 900 muertos o con separatistas encarcelados por golpistas y malversadores, aunque ahora se las den de escrupulosos contables de los impuestos españoles.

Venezuela es un laboratorio para la izquierda española porque en él se ha practicado la demolición de los valores de la democracia parlamentaria y se han sentado las bases de la eliminación política de la mitad de la población. Bastantes sospechas levanta en Europa el Gobierno de Sánchez con sus derivas totalitarias contra la independencia judicial o la libertad de información, como para añadir la representación de un régimen liberticida, sancionado por Bruselas y con altos dirigentes civiles y políticos relacionados con el narcotráfico a gran escala.

La reflexión sobre Venezuela es necesaria, en efecto, pero no, como propone Rodríguez Zapatero, para dejar de señalar a Maduro como un dictador, sino para reforzar aún más las políticas de apoyo a la oposición democrática y facilitar la recuperación de las libertades.

La derrota de Maduro, como la caída del Muro, será para la izquierda otro motivo de decepción y no una oportunidad para las libertades, que tanto le molestan allí, en Venezuela, y aquí, en España.

ABC