Los viejos significan un peligro para la supervivencia de las mentiras porque son testigos incómodos cuando tienen la cabeza en su sitio y el corazón aún bombea impulsos de dignidad. Tal vez por eso hoy resultan más impertinentes que nunca a pesar de que durante siglos en casi todas las sociedades fueron gente respetada y sus opiniones oídas en los Consejos de Ancianos o en las Cámaras Consultivas,  donde los nuevos gobernantes de tribus o naciones  recababan una visión pausada de la realidad, basada en la memoria histórica de los pueblos.

Hoy las mujeres y los hombres que tenemos esa edad en la que la gente de jubila del trabajo pero no de la vida, la cultura, las relaciones y el compromiso cívico, por lo general son más activos, comprometidos y sensatos que antaño porque a la experiencia de la vida  han agregado unos conocimiento  a los que generaciones anteriores no tuvieron acceso.

Constituyen una realidad incómoda para el poder porque los años otorgan una independencia intelectual y vital que libera de compromisos impuestos y disciplinas de grupo, salvo a los estúpidos que se cuentan por arrobas y se juntan amargados a lamerse las heridas de un odio tardío.

Hace unos días escribí que la política ha jubilado a más de una generación de entre los 50 y los 70 años  con lo que los nuevos dirigentes de los partidos  tienen más másteres falsos que conocimientos reales de la sociedad y menos sentido de estado que ambición por hacerse con el poder y no soltarlo. Nunca han tolerado menos que hoy  que alguien les lleve la contraria, o que una norma legal les limite su margen de arbitrariedad,  porque algunos quieren gobernar sin controles ni limites pero también sin ley ni principios.

Por ahora solo puedo afirmarlo de Pedro Sánchez o de Pablo Iglesias, que han laminado la democracia interna  y el derecho a la disidencia en sus formaciones políticas, y no ocultan su desprecio a algunas normas legales que juraron cumplir y hacer cumplir, pero me temo que ese desprecio por las reglas de pluralidad es un virus que se ha inoculado en las estructuras partidarias de las nuevas generaciones  de todos los partidos en las que el ansia por sobrevivir lo domina todo.

Por eso desprecian a quienes les precedieron, no quieren oír lo que piensan sobre el momento actual de la política de nuestro país y les gustaría borrar sus fotos del cuadro de honor de cada una de sus promociones. Son viejos pero son sabios, y a pesar de sus muchos defectos y errores conservan un sentido de estado del que carecen los actuales gobernantes,  una competencia contra la que no pueden luchar y vencer, porque ninguno de ellos puso en riesgo el sistema de convivencia en España que hoy desde el gobierno nadie defiende.

Diego Armario