MADRILEÑOS

A los madrileños se nos atribuyen propiedades maléficas y costumbres desagradables que no es necesario enumerar porque la lista es extensa y porque algunas probablemente son ciertas, así que les voy a recordar la historia de la Virgen de la Paloma, que se celebra hoy, y que nos define como colectivo y si me permiten como estado mental, con la esperanza de que puedan llegar a querernos un poco.

Corría el año 1787, así comienza el relato, cuando se halló abandonado en una leñera un pequeño cuadro de Nuestra Señora de la Soledad, una virgen muy popular entonces. Una mujer se lo compró por unas monedas a unos niños que jugaban con él, lo mandó restaurar y lo colocó en el portal de su casa, en la calle de la Paloma.

Y resulta que en poco tiempo se formó una comunidad de devotos que no dejaba de aumentar hasta que se hizo necesaria la construcción de una capilla y, unos años después, una iglesia, y luego una aún más grande, que por carambolas parroquiales se dedicó a San Pedro el Real.

 En torno al fervor místico por aquella imagen de la calle de la Paloma surgió además una verbena entrañable y gamberra, y sucedió que uno y otra fueron incorporados a nuestra tradición, a nuestra mitología popular, a lo que en esencia somos, aunque en realidad no sea patrona oficial y tenga un origen tan reciente y humilde, sin reliquias ni milagros de por medio.

Pues es de ese modo incontrolable como nos definimos como pueblo, y como esperamos ser queridos.

Pablo Gil ( El Mundo )