MADURO EN SU CREPÚSCULO

No hay muchas ocasiones de asistir a algo tan saludable: un tirano naufraga en su crepúsculo, Maduro se consume en Venezuela. Conviene, sin embargo, medir nuestro entusiasmo. Un asesino acorralado es una bestia peligrosa. No existe freno moral para quien se asentó sobre escombreras de odio, de muerte y miseria. Un déspota caribeño es un animal sagrado. Y sacrifica.

Maduro llegó al poder como heredero de un espadón, Hugo Chávez, atrabiliario personaje que hablaba con los muertos y recibía del más allá la asesoría de los padres de la patria. Profeta alucinado, Chávez legislaba al dictado de aquello que, desde el otro mundo, Simón Bolívar le iba susurrando. Y, en abracadabrante metáfora freudiana, enarbolaba el reluciente sable del Padre mítico para animar sus garridas soflamas populares.

Entre Dios y Bolívar hay, es cierto, algunas diferencias. Pero idénticas son las teologías de todos cuantos aportan cielo a los hombres: aquel que trae el paraíso, a nadie rinde cuentas aquí abajo. Y -lo que es más grave- ante ninguna vida, ante ninguna muerte, está obligado a detenerse. Así, Erdogan acertaba al proclamar, hace diez días, a Maduro «su hermano» en la teocracia. Contra infieles y liberales.

Y algo más importante aún para cualquier tiranía que aspire a lo inmortal: una de las más eficaces -por no decir la más- policías políticas del planeta. A cambio de una alícuota transferencia de petróleo y de un amable reparto del jugoso negocio del narcotráfico, Castro puso al servicio de Chávez -futuro «Comandante Eterno»- sus saberes represivos. Y la dictadura bolivariana se proclamó perenne.

¿Es heredable el carisma de un espadón golpista? Maduro no lo tenía fácil. Casi analfabeto, carente de biografía épica, el pobre daba risa cada vez que desbarraba a grandes voces. Pero el dinero lo puede todo: el dinero del narcotráfico. La cúpula militar venezolana es sorprendente: la mayor tasa de generales que haya tenido un ejército moderno. Maduro dio con la fórmula mágica: fusión de cúpula militar y cúpula narco. Tenía dos ventajas: a) hacía ricos a los generales, b) agitaba ante ellos el riesgo del peor deshonor carcelario si la dictadura caía.

Tal es hoy la encrucijada en Venezuela. El vértice militar es un banda delictiva. Sólo si se quiebra la línea de mando en el nivel de quienes no participaron del reparto -a partir de comandantes y capitanes-, esa cúpula perderá su papel de brazo armado del terror chavista.

El desenlace está en el aire aún. Hay riesgo extremo. Pero, al menos, esta vez queda un resquicio para el vuelco. Y para que Maduro arda en su crepúsculo. Con Chávez.

Gabriel Albiac ( ABC )