MAFIAS

La propuesta, presentada por Bildu en el Parlamento de Vitoria, de vetar la presencia en territorio vasco de los líderes nacionales de los partidos de la derecha durante la próxima campaña electoral, me recuerda otra que aprobó en su día, hace más de treinta años, la Junta de Facultad de la ídem de ciencias sociales, políticas y de la comunicación (creo que se llamaba así, más o menos, aunque era conocida como facultad de periodismo) de la Universidad del País Vasco, por la que se me declaraba persona non grata y se me prohibía la entrada en el recinto ferial de la dicha cosa. Obviamente un servidor de ustedes, a la sazón profesor en otra facultad de la misma universidad, se apresuró a pedir el traslado a aquella cuyo acceso se le vetaba.

Traslado que se me concedió de inmediato. Entré en territorio prohibido fumando un puro. Un montecristo, para ser exacto. Todavía no había comenzado la persecución de los fumadores (Alfonso Alonso, que fue mi alumno en la facultad de Filología de Vitoria, suele recordarme, con irreprimible repugnancia, que yo fumaba una cajetilla entera de cigarrillos rubios durante la hora de clase. Una ruina).

Lo del puro fue muy criticado a mi espalda y por lo bajinis, pero nadie osó echarme en cara tal comportamiento incivil y mucho menos echarme a la calle. Sugiero a Casado, Rivera y Abascal que pongan en stand-by sus prejuicios anticastristas, de aquí al 10 de noviembre, y que encarguen varias cajas de habanos por barba. Que empiecen a fumarlos en Alsasua, y a ver quién es el guapo.

Ahora bien, si tal propuesta prosperase en el Parlamento vasco, la primera que deberían presentar conjuntamente los tres partidos de la derecha en las nuevas Cámaras, gane quien gane en los próximos comicios, debería ser la aplicación inmediata del artículo 155 a la comunidad autónoma vasca.

Pero esto no deja de ser otro puro. Puro wishful thinking, quiero decir. En el despropósito en que se ha convertido España es perfectamente predecible que, si los abertzales y la izquierda sumisa a ellos prohibieran la entrada de los tres tenores en Pintxolandia, estos sólo podrían recurrir a sus militantes más aguerridos para impedir que la fechoría se llevara a cabo.

Y es que, si en la política española priman y medran los farsantes, los macarras, los chorizos y los horteras de ambos géneros, en la vasca, en particular, siguen mandando los gánsteres de ETA al servicio del nacionalismo vaco en su conjunto.

Un joven historiador de por allí, Gaizka Fernández Soldevilla, publicaba el pasado 2 de septiembre, en «El Correo», un atinadísimo artículo -«Aires de familia»- en el que volvía sobre algo bastante olvidado y que algunos sosteníamos desde los años ochenta, cuando ETA, con el pretexto de que el Estado opresor introducía heroína a granel en el País Vasco, comenzó a asesinar a yonquis y camellos, sus competidores en el control de una mercancía que servía de moneda en el mercado clandestino de armas y explosivos. A nuestro juicio, la ETA de aquella época era ya una organización mafiosa inserta en una banda terrorista. Hoy, desaparecido el terrorismo, sobrevive la mafia.

Y los comportamientos mafiosos siguen siendo algo muy normal en la práctica política en general y parlamentaria en particular del nacionalismo vasco.

En un pasado aún muy próximo, la violencia gansteril de los sicarios abertzales sirvió para asesinar o expulsar del territorio vasco a quienes se oponían o podrían oponerse a los designios de dicho nacionalismo (y, por supuesto, para aterrorizar a los españoles en su conjunto). Hoy, la mafia parlamentaria etarra intenta evitar que los expulsados regresen a su exclusiva Sicilia del Cantábrico.

Jon Juaristi ( ABC )