MAGIA BORRÁS

En la caja de Borrás que le pedí a los Reyes de pequeño vienen 200 trucos. Los juntó un señor de Calella que había fundado en Mataró la empresa de juguetes que a comienzos de los ochenta distribuyó en España el Monopoly de Parker. Alegoría de una codicia que sólo tiene sentido en la mente de un ocultista. Aquella casa juguetera unió hace décadas, tal vez en un vaticinio de brujería, las dos derramas del actual delirio independentista catalán: el ilusionismo y los falsos títulos de propiedad.

Y dada la tendencia al espiritismo que ha tomado el movimiento golpista, que utiliza médiums del fugitivo Puigdemont en el reino de España para alargar su fantasía, tiene que ser cuestión de nigromancia que la señora que ha ido a decirle a Felipe VI que en Cataluña no tienen Rey se apellide Borrás. Una de las trápalas que usan los magos para sus triles es la palabrería.

La corrupción del lenguaje suele ser un arma de persuasión muy efectiva en las sociedades aborregadas. Y la señora Borrás ha tirado por ese atajo para ganarse la aclamación de su rebaño adoctrinado, ese que sostiene que Cervantes se llamaba en realidad Joan Miquel Servent, que Cristóbal Colón era el nombre castellanizado de Cristófor Colom y que las tres carabelas partieron desde Pals d’Empordá y no desde Palos de la Frontera, entre otras hilarantes mamarrachadas.

La caja de trucos populistas que utilizan los sediciosos es tan infantil que a veces incluso dan ganas de comprarles una piruleta. Porque todo su movimiento de desmembración está basado en cuentos de niños, en consignas de parvulito, en bravuconadas pueriles. La fanfarronada de Borrás ante el Rey no está basada en la convicción íntima de su republicanismo, sino en el efectismo populachero que su chulería provoca en las masas gregarias. Es un truco barato.

El problema de los paladines de la independencia de Cataluña es que ni siquiera saben qué carta han elegido para hacer su triquiñuela. Son secesionistas que acuden a la Justicia para poder sentarse en el Congreso de los Diputados de España, separatistas dispuestos a poner con sus votos al presidente del gobierno de la Nación que repudian, «extranjeros» que reclaman mayor financiación del Estado del que quieren huir.

Son, en definitiva, sujetos con problemas de identidad y con un desorden de personalidad múltiple. Nada por allá, todo por aquí. Son los señuelos del timo de la emancipación con fiambrera materna. Los vividores que se quieren ir de casa los fines de semana y comer de la nevera de mamá de lunes a jueves.

El comportamiento de Borrás ante el Rey fue tan esperpéntico que ni sus feligreses han sabido encajarlo todavía. Por lo tanto, no merece la pena ni ofuscarse por una excentricidad tan burda. Pero sí hay que evitar que esta extravagancia diseñada para el telediario nos despiste de lo mollar, no vaya a ser que esta mujer haya sido simplemente el gancho de los hechiceros catalanes en su estrategia de disuasión para cerrar su negocio con Pedro Sánchez sin que nadie los pille.

Lo gordo no es que una marioneta de Puigdemont haya hecho un teatrillo en la Zarzuela que no pasa de una simple anécdota, eso sí, muy ilustrativa del ayuno político contemporáneo. El nudo ciego de todo esto está en que los votos de tres ciudadanos españoles que están presos por atentar contra la integridad de su propio Estado pueden determinar quién será el presidente del Gobierno de la Nación que quieren destruir.

Y esa magia sí que tiene peligro porque es una carta a los Reyes que no pide una cajita de trucos, sino el abracadabra devastador de la autodeterminación por allí y la Moncloa por acá. Cuidado, que estos trajeron el Monopoly y saben jugar a comprar España con billetes falsos.

Alberto García Reyes ( ABC )