La diferencia entre no tener vergüenza y no sentir vergüenza a veces es imperceptible, porque los que no tienen vergüenza son osados y los que jamás tienen el mínimo sentimiento de culpa son amorales.

Ese matiz podría situarnos ante la disyuntiva de elegir cuál de las dos situaciones es peor y para eso habría que echar mano de la semántica en un caso y de la dignidad en otro, pero yo tiraré por la calle de en medio para resolver este dilema.

Intentar subirse el sueldo unos pocos eurillos no es motivo para el escándalo, pero si los que intentan hacer esta operación en plena crisis laboral y económica, cuando aún persisten las colas del hambre, el precio de la luz sube por horas, el paro juvenil es una tara social y la percepción de la sociedad es que en España siguen existiendo enormes diferencias sociales, no es lo más ejemplar que la Presidenta del Congreso  proponga un aumento del sueldo de los Diputados que ya tienen unos  ingresos medios – entre salario, complementos. pluses de vivienda, trasportes gratuitos y algún otro etcétera – en torno a los cinco mil euros mensuales.

El dos por ciento de aumento, propuesto por Meritxell Batet, es una subida simbólica pero los gestos son muy importantes en tiempos de penuria para una parte de la población que no entiende de matices y sí de ejemplaridad.  Así lo han entendido los grupos parlamentarios de Partido Popular, VOX y Podemos, que han votado en contra y han parado la iniciativa de la Presidencia.

No pretendo exagerar lo que posiblemente ha sido una propuesta parlamentaria inoportuna, pero sí quiero subrayar lo que tantas veces se ha dicho sobre la insensibilidad que tienen con frecuencia algunos políticos en relación a la realidad nos rodea, porque cada vez que se habla de este asunto surge una voz sin alma que reivindica un aumento del sueldo de los que se llaman servidores públicos, aunque algunos dejan mucho que desear en esa función.

Los diputados y senadores tienen derecho a un sueldo digno, y algunos merecerían ganar más dinero por su dedicación, preparación y actividad incansable, pero hay otros que han convertido el Parlamento en un refugio de inútiles donde apenas trabajan, ni intervienen en ninguna comisión, carecen de preparación y su trabajo consiste en gritar o aplaudir.

Desde siempre se ha dicho que la política es un servicio público al que acceden hombres y mujeres que tienen esa vocación, y no lo discuto, pero sería estar ciego desconocer que hay diputados y diputadas (utilizo los dos géneros para que nadie se olvide que también son ellas) que son un ejemplo esperpéntico de las conductas que critico, y que ellos consideran normales.

Diego Armario