MALEDICENCIAS

Durante los últimos dos o tres días, han proliferado en ambientes políticos y periodísticos ciertas opiniones acerca de que el Supremo es un tribunal ideológico, corrompido, arbitrario, cumplidor de venganzas sectarias y que además atropella derechos, ensañándose con los de las familias. Bien.

Estas cosas no ha empezado a decirlas, durante los últimos dos o tres días, Gabriel Rufián. Ni Torra. Ni Otegui. Ni Puigdemont. Ni ningún otro independentista aferrado a la maledicencia de que en España existen presos políticos porque ni siquiera el Supremo ofrece garantías ni ha modificado la incorregible condición castiza de una nación en la que muchos corresponsales sajones todavía fantasean con el parque temático del eterno fascismo al que venir a hacerse el Dos Passos.

No. Estas cosas, durante los últimos dos o tres días, las han dicho personas de orden, integradas, que a menudo se han arrogado un puesto defensivo en la almena del 78 y que, a raíz del juicio, hicieron de Marchena y su tribunal un retrato spengleriano según el cual los magistrados del Supremo eran el pelotón con el que se salvaría la democracia. Viva España y viva el rey, etc.

No sé que pensará Marchena después de haberse enterado, durante los dos o tres últimos días, de que ahora resulta que pertenece a una checa marxista. Tampoco se trata ahora de explorar los motivos por los cuales hay demócratas fetén que consideran la mudanza de los restos de Franco una agresión a ¡media España! con la que se ponen en riesgo los mismos fundamentos de la Corona y de nuestra vida en común.

Vivimos entre tantos apocalípticos que podemos soportar a unos cuantos más. Pero, más allá del pretexto de cada cual para sentirse agraviado por la exhumación de Franco, no queda más remedio que preguntar si de verdad el cabreo justifica la demolición del prestigio del Tribunal Supremo, con argumentos idénticos a los que maneja el independentismo, apenas unos días antes de que el Supremo haga pública la sentencia y se convierta en la institución que sufra más presión y contestación política de la historia de la democracia.

Cuando Puigdemont, Otegui y los demás charlatanes de extramuros digan que el Supremo es parcial y está politizado, ¿cuál de éstos constitucionalistas que no logran acatar la apertura de la tumba pese al doble mandato parlamentario y judicial estará moralmente legitimado para decirles que no tienen razón?

David Gistau ( El Mundo )