MALETAS

Tenemos un gobierno de mozos de baúl (¿a quién no le suena su presidente de alguna mudanza?), y el dictador de Venezuela, que es autobusero de profesión y ya anda pensando en los portes, los trata como a sus tamemes.

Dicen que la ministra Montero, que va de emperatriz Eugenia de este gobierno, escondió en su CV (también hay que tener poco que hacer para ponerse a leer el CV de un ministro) que trabajó de cajera en unos ultramarinos, y para hacer ver que no lo escondió por vergüenza de clase se puso a presumir en Twitter de padre «mozo de mudanza».

-Three removes are as bad as a fire -dice un proverbio de Franklin que Maduro debería tener de pin en su nevera.

Sabemos qué había en la maleta que el Rey del Cachopo perdió en Usera, una novia troceada, pero no sabemos qué hay en las cuarenta maletas que la Evita venezolana Delcy Rodríguez descargó en Barajas.

El gobierno, que ahora va a elevar trumpianamente las vallas de Ceuta y Melilla para que los Serguéi Bubka africanos no salten con maleta, no sabe qué contienen ni dónde están, de manera que podrían acabar en el estudio de Cristóbal Toral, nuestro pintor de maletas (Picasso pintó toros como Úrculo pintó sombreros, y Toral, maletas), que acostumbra comprarlas en las subastas de las compañías de transporte.

-Las maletas tienen tres vidas -contó un día el humilde Apeles gaditano a Juanito Cruz, viejo maletilla del artisteo-: les sirvieron a los viajeros, me sirven a mí para convertirlas en obras de arte y les sirven a los que compren mis cuadros.

Eugenio d’Ors, «Xenius» (nada que ver con Toral y menos aún con Cruz), tenía siempre una maleta al lado de la mesa de su despacho:

-Para mí -le dijo al Caballero Audaz, que fue a Barcelona a entrevistarlo en su oficina de la Diagonal-, la maleta es lo que el cráneo para los ascetas: me recuerda que soy libre de la localidad, libre de la vida… Por eso no me desanimo.

Luego le dedicó algunos de sus libros. «No todos, por no abusar de la hospitalidad de su maleta».

Ignacio Ruiz-Quintano ( ABC )