Se llama dar en o con la tecla. «En salud, ustedes mandan pero no saben», han dicho a los dirigentes públicos más de cincuenta asociaciones médicas. No han hablado a humo de pajas: primero hicieron un congreso (virtual) y luego han publicado las conclusiones en una carta abierta que bajo ese tajante y cabal titular reclama una política responsable y condena el método negligente y sectario con que autoridades legas en sanidad han manejado la pandemia.

Sin criterio epidemiológico, sin transparencia, sin conocimientos profesionales ni asesoría independiente de personalidades expertas.

A bandazos improvisados al margen de cualquier planificación estratégica. Ese desprecio consciente, esa voluntaria ceguera, ese ensimismamiento arrogante, esa temeridad mostrenca se resumen en una palabra que define la causa de este fracaso sin posible dispensa. Una síntesis en cinco sílabas de la verdadera plaga que asuela la pedestre élite que nos gobierna: incompetencia.

Ojalá se tratase sólo de una carencia específica de aptitud para abordar un problema sanitario. Porque el diagnóstico de los especialistas se queda corto: la mediocridad, la inoperancia, la inmadurez y la ausencia de cualificación para el liderazgo se han convertido en la norma que rige la dirección del Estado.

Una pléyade de advenedizos oportunistas y fatuos, tan hábiles para la propaganda como carentes de cualquier clase de pensamiento abstracto, ha asaltado el poder sin más equipaje intelectual ni moral que su desparpajo narcisista y su envanecimiento adánico.

Arrumban los procedimientos reglados, desoyen los consejos y la experiencia de sus predecesores más sensatos y consideran las leyes y el Derecho como un caduco artefacto que estorba su ambición aventurera y su codicia de cargos. Han descubierto que el engaño les sale barato.

Desprecian cuanto ignoran, como decía Machado, y confían sólo en su olfato pragmático para excitar un populismo que les rinda réditos a corto plazo.

Mandar sin saber: ésa es la definición exacta del Gobierno de Sánchez. Y por debajo de él, de toda una hornada de presuntuosos gerifaltes autonómicos y municipales sin más equipaje que la lealtad a los aparatos partidistas que sólo valoran la disciplina militante o el activismo de consignas en las redes sociales.

El talento se ha vuelto tan sospechoso en política como la profundidad de análisis o la tolerancia en el debate: para qué se necesitan ideas si pueden sustituirse por frases. Y cuando lo único que importa es salir del paso, esquivar como sea las dificultades, quién va a pedir dictámenes a expertos capaces de proponer soluciones impopulares.

Aunque hay algo que sí saben: que la incoherencia, la impostura, la ineficacia o las trampas salen gratis porque cuentan con la indulgencia incondicional de los votantes.

Y que da igual que no sepan hacer el bien mientras el mal lo hagan mejor que nadie.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor