Aunque la mayoría de los españoles han oído la palabra maniqueo, e incluso puede que la hayan usado, sospecho que muy pocos conocen su verdadero significado. Sin embargo abundan los que la practican en su vida diaria. Es una de las paradojas que la hacen tan caótica.

Manes, pensador y religioso persa del siglo III a. C., defendía la existencia de sólo dos principios creadores en este mundo, uno del bien, otro del mal (lo que en las demás religiones eran Dios y el diablo), sin nada en medio. Algo fácil de creer pero difícil de mantener en este mundo, donde la existencia está llena de situaciones intermedias, con el mal y el bien peleándose sin saberse quién gana.

De ahí que tuviera numerosos adeptos -san Agustín en su primera etapa lo fue-, pero también que proliferase anárquicamente, hasta fragmentarse en mil pedazos y quedarse como persona de convicciones rígidas, sin punto medio entre un extremo y otro.

Para terminar siendo maniqueo el que no rebate la opinión de su interlocutor, sino le acusa de algo absurdo, necio, incoherente, que no ha dicho ni hecho, para darse el gustazo de rebatirlo ante un público que aplaude a rabiar. Ahora comprenderán que diga que España está llena de ellos.

Cuando los independentistas catalanes dicen «España nos roba», sin aludir a lo que les han robado sus líderes; cuando un gobierno que ni contar sabe los muertos de una pandemia saca a colación los muertos de una guerra civil que pronto tendrá cien años; cuando se pide la libertad de presos que ni siquiera han cumplido un tercio de su condena; cuando un presidente de gobierno muestra su pesar por el suicidio de un terrorista que nunca pidió perdón por los crímenes que cometió; cuando se usa a Franco pero se dispara contra la Transición, siendo ésta la que acabó con el franquismo; cuando un parlamento regional rechaza antes de dictarse la sentencia del Tribunal Supremo contra el presidente de su comunidad ya condenado por tribunales inferiores: cuando se echa mano de la mentira para todo; cuando, en fin, ya no se respeta la ley, las normas, ni la realidad siquiera, podemos decir que se empieza a estar regido por el peor de los maniqueísmos: aquel que da preferencia al mal sobre el bien, al diablo sobre Dios.

Ya sé que estos que estoy diciendo es grave, gravísimo. Pero mucho más grave es que esté ocurriendo. Tenemos a un virus haciendo una auténtica escabechina, a los herederos de ETA negociando con el Gobierno su apoyo a cambio del acercamiento de los terroristas al lugar donde cometieron sus crímenes y sentándose a una mesa con quienes declaran sin rebozo que no pararán hasta lograr la independencia. Sin que pase nada.

Una de dos: o España siente deseos de morir -«death wish» lo llaman los norteamericanos- o es tan fuerte que ni siquiera los españoles conseguimos acabar con ella, como dijo Bismarck, entre la lástima y la admiración.

José María Carrascal ( ABC )