Pedro Sánchez y Pere Aragonés mantuvieron ayer una conversación telefónica de cuarenta minutos en la que acordaron reunirse en La Moncloa en las próximas semanas.

Hasta ahí, nada anormal e ilógico entre un presidente del Gobierno y un presidente de la Generalitat catalana recién investido. Sin embargo la versión oficial de que «han compartido el objetivo de avanzar hacia la superación de los retos comunes mediante el diálogo» excede con mucho el cursilismo retórico.

Es puro empalago bucólico para adulterar la realidad de una hoja de ruta que convertirá al Gobierno de la nación en la alfombrilla del separatismo.

Si la Generalitat quisiera rectificar su permanente ofensiva contra el Estado, Sánchez lo tendría fácil.

Pero ha optado por la claudicación, por conceder indultos a quienes no los merecen, por privilegiar económicamente a quien quiere romper con España, y por mostrarse sumiso con una absurda estrategia de ‘apaciguamiento’ del separatismo.

Siendo así, y sabiendo que la verdad no es el fuerte de Sánchez, podía ahorrarse al menos comunicados públicos para dulcificar una extorsión.

ABC