MARLASKA, PATADA EN LA TOGA

Si Corcuera es recordado como el ministro «de la patada en la puerta», Marlaska acredita ya méritos sobrados para pasar a la historia de la infamia como el que utilizó su cartera de Interior para emprenderla a puntapiés contra la toga: la suya propia, arrastrada por el fango de la mentira y el partidismo, la de la juez Carmen Rodríguez Medel, que instruye la causa contra el delegado del Gobierno en Madrid por permitir las manifestaciones del 8 de marzo en pleno estallido de la pandemia, y la de la Policía judicial, representada por el coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, purgado con alevosía por negarse a secundar la intromisión del Ejecutivo en la investigación de la magistrada.

Los jueces están que braman. Consideran a Marlaska deslegitimado para dirigir a los cuerpos y fuerzas de seguridad y, en el caso de los agrupados en la Francisco de Vitoria, piden su dimisión al considerar inaceptable «tomar represalias contra un alto mando de la Policía judicial por negarse a desvelar actuaciones de investigación en el marco de una instrucción», que fue exactamente lo que hizo el coronel fulminado: rehusar cumplir la orden ilegal cursada a través de persona interpuesta por la directora general de la Guardia Civil, María Gámez, quien poco después le comunicó su cese, en una resolución manifiestamente injusta, dado que ella misma la achacaba a que él no informó «del desarrollo de investigaciones y actuaciones de la Guardia Civil, en el marco operativo y de Policía judicial, con fines de conocimiento».

¿A qué «conocimiento» se refería la comisaria política Gámez? La única que debía conocer esas actuaciones era la juez. Y haría bien su señoría en llamar a declarar cuanto antes a la señora Gámez y derivar al juzgado que corresponda este caso, que apesta a prevaricación, obstrucción a la Justicia y revelación de secreto, si no quiere perder el pulso que este Gobierno ha echado a toda la carrera judicial al tratar de doblar su brazo.

Porque ella encarna y simboliza al tercer poder del Estado, sometido en este momento a un acoso sin precedentes. Nunca el Ejecutivo había llegado tan lejos en sus presiones. No se recuerda en la Guardia Civil un episodio de gravedad comparable a la del miserable castigo infligido a un hombre de honor cuya conducta fue y sigue siendo intachable. Y tenía que ser un juez el autor de tal atentado. ¡Qué siniestra paradoja!

Fernando Grande Marlaska no tiene altura moral para mandar a la Guardia Civil, cuyo prestigio intenta en vano manchar probablemente con el fin último de liquidar una institución reacia a dejarse manosear por intereses ajenos a los del cumplimiento de la ley y la defensa de España.

En una iniciativa sin precedentes, la Asociación Escala de Suboficiales ha hecho público un comunicado en el que expresa la vergüenza de los agentes ante la utilización espuria que el Gobierno intenta hacer de su trabajo y asegura que «la directora ya no cuenta con el respaldo ni la confianza de los guardias civiles». En los últimos cuarenta años, jamás se había visto tal cosa.

Marlaska ha mentido y sigue mintiendo en sede parlamentaria, ha deshonrado su cargo y perdido el respeto de los hombres y mujeres a quienes manda. Si le quedara un ápice de dignidad, lo emplearía para dimitir, hoy mejor que mañana.

Pero no lo hará, porque le respalda el presidente Sánchez, cómplice y beneficiario último de las oscuras maniobras con las que intenta desesperadamente tapar la responsabilidad del Gobierno en los más de cuarenta mil muertos que acumula ya la pandemia.

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Agustin Muro