MARXISMO FEMINISTA

El marxismo es una corriente de pensamiento que, contrariamente al resto de ideas filosóficas, no pretende sólo comprender el mundo interpretando la realidad. Va un paso más allá y quiere transformarlo, destruyendo “el carácter ignominioso de la explotación burguesa, en la que el obrero sólo vive para multiplicar el capital”.

Desde que Marx y Engels publicaran en 1848 por primera vez el Manifiesto Comunista, son millones las personas que en todo el mundo han creído erróneamente en sus postulados, pensando que aplicándolos acabaría la explotación y las condiciones de vida de los oprimidos mejorarían. Nada más lejos de la realidad.

La receta a aplicar no es un secreto. Está explicitada en el Manifiesto Comunista, y resumida en el siguiente decálogo: ​

  1. Expropiación de la propiedad y empleo de la renta para sufragar los gastos del Estado.
  2. Fuertes impuestos progresivos.
  3. Supresión del derecho de herencia.
  4. Confiscación de la propiedad a extranjeros y sediciosos.
  5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco nacional con capital estatal y monopolio exclusivo.
  6. Centralización del transporte en manos del Estado.
  7. Nacionalización de los medios de producción, antiglobalización y planes colectivos.
  8. Proclamación del deber general de trabajar, principalmente en el campo.
  9. Articulación de explotaciones agrícolas e industriales para ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.
  10. Educación pública y gratuita de todos los niños.

A poco que las analicen una por una, o todas a la vez, se darán cuenta que es imposible que aplicándolas consiguieran aumentar o mejorar el nivel de vida de los trabajadores, sino todo lo contrario. Por eso, donde se implantó el decálogo, fracasó estrepitosamente, aunque causando un enorme e irreparable daño, llevándose por delante más de cien millones de personas en todo el mundo.

Fueron puestas en práctica por primera vez tras la revolución obrera conocida como la Comuna de París, en 1871un movimiento insurreccional que se hizo con la capital de Francia e instauró un proyecto político popular socialista autogestionario que, en los sesenta días que duró, intervino el precio de los alquileres; las condiciones de trabajo, permitiendo a los trabajadores tomar el control de las empresas abandonadas por sus dueños; incautó los bienes de la Iglesia y excluyó la religión de las escuelas, en las que se proporcionó a los escolares ropa y comida gratuitas; adoptó como bandera la roja, en detrimento de la tricolor republicana; y, sobre todo, tomó el control del sector público, que pasó a manos de los más acérrimos defensores de la Comuna, en detrimento de funcionarios y técnicos. Acabó como el Rosario de la Aurora. Ya pueden suponer.

Después, se aplicaron en otros países, con los nefastos resultados que todos conocen. La extinta URSS, los países que conformaban la Europa del Este, China, Corea, Vietnam, distintos países africanos, Cuba y más recientemente Venezuela, han tenido el privilegio de “disfrutar” los logros que tales medidas alcanzan.

Pero como varios de esos países ya han abandonado el “paraíso socialista”, el marxismo ha mutado como si de un mal virus se tratara, y ahora su lucha no tiene lugar en el terreno económico enfrentando a proletarios contra capitalistas, pues ahí tiene la lucha perdida. Ahora se ha llevado al campo sexual, tomando a la mujer como la clase oprimida, sustituyendo al varón por el capitalista. La sociedad opresora ha pasado a ser la heteropatriarcal. Sin embargo, es lo mismo: marxismo puro y duro.

Seguro que han identificado enseguida muchas de las medidas del decálogo (políticas fiscales, medidas jurídicas y reorganización de la economía y la educación) por haberlas escuchado a algunos de los políticos que están en el gobierno: control de los alquileres, aumento de impuestos, elevación del impuesto sobre sucesiones, acabar con la asignatura de religión y la educación concertada para que sólo haya pública, la creación de un banco público, … No se extrañen.

Por favor, háganse la siguiente pregunta: ¿qué tienen que ver cada una de ellas con la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Saben por qué? Porque el marxismofeminismo utiliza a las mujeres como excusa, agrupándolas bajo una bandera morada, no roja, con la excusa de destruir “el carácter ignominioso de la explotación masculina, en la que la mujer sólo vive para multiplicar la progenie del varón”.

Pero que nadie se lleve a engaño. Es falso que el feminismo actual busque la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, porque, no hay distinción en nuestro ordenamiento jurídico entre uno y otro sexo. Su objetivo es hacerse con el poder e implantar sus fracasadas medidas. Y las sufriremos todos.

Y por si les quedara alguna duda, las chicas de Unidas Podemos han importado el concepto de “agrofeminismo”, creado por Vandana Shiva, una activista india que promulga que “las mujeres son productivas, creativas, y la naturaleza es vida, así que el hecho de reclamar nuestro poder como mujeres reconociendo el poder de la tierra como un sistema vivo inteligente es el mismo proceso” (sic).

Prepárense a escuchar en los próximos meses mensajes en forma de testimonios sobre la brecha salarial entre las mujeres y hombres del sector agrario, y relatos sobre agresiones, violencia doméstica y explotación sexual entre las mujeres en el ámbito rural.

Esto, y no otra cosa, es el marxismo feminismo.

Fran Ruiz ( El Correo de Madrid )