Sánchez tiene muy mal perder, como pudieron comprobar hace unos años los dirigentes de su propio partido. Incluso cuando la oposición le presiona en el Congreso se le aprieta la mandíbula en un rictus de contrariedad que parece una suerte de bruxismo político.

El sesgo cesarista con que ejerce el poder le ha acostumbrado a ser obedecido y a sentir su voluntad como un precepto imperativo. A diferencia de Zapatero, que era bastante buen encajador o al menos se esforzaba en fingirlo, este presidente muestra poca tolerancia a la contrariedad y un instinto excesivo de arbitrariedad y de despotismo.

Obcecado en el asedio a Díaz Ayuso, ha digerido fatal el varapalo de los tribunales y ha reaccionado al fracaso con un tic autoritario propio de quien no admite objeciones a sus mandatos. De entre las fórmulas que el TSJM le sugería para enmendar su yerro -un gazapo jurídico inexplicable con seiscientos asesores para darle consejo- ha escogido el camino conminatorio del decreto, que era exactamente al que lo quería llevar una rival a la postre más correosa de lo que sugiere su frágil aspecto.

En su afán de acorralar a Ayuso, cuya gestión de la segunda oleada cuestionan incluso muchos de sus compañeros, ha picado su anzuelo y la ha convertido en una líder de referencia de la derecha, capaz de desestabilizarle los nervios.

La posibilidad de una moción de censura en la que C´s traicionase a su propio Gobierno se ha alejado y en vez de desgastar a la presidenta de Madrid la ha blindado para mucho tiempo.

Pocos resortes emocionales en política son más potentes que el pellizco del agravio, que es el que a los habitantes de la capital les escuece pensando que Moncloa jamás se hubiese atrevido a declarar la alarma unilateral en Cataluña, Navarra o el País Vasco. Con todo, el mayor estrago es el destrozo irreparable causado en la confianza de los ciudadanos, estupefactos de ver cómo la pugna por el liderazgo tiene más importancia que sus graves problemas sanitarios.

Como ninguna decisión resulta absolutamente mala o buena, el cerrojazo antes del puente impide el temido desparrame de la población madrileña, cuya estampida amenazaba con extender la pandemia. Pero eso, como todo lo demás, lo podían y debían haber negociado las autoridades sin necesidad de un nocivo pulso de fuerza.

La ausencia deliberada de acuerdo es la causa esencial de esta sarta de despropósitos en cadena, de la que el Ejecutivo es el principal responsable por su exhibición de incompetencia y sus cambios de criterio (?) rematados por una caprichosa rabieta.

A la inseguridad jurídica se suma ahora la certeza popular de que quienes gobiernan andan enfrascados en una batalla de trincheras. Ésta la ha perdido Sánchez, creyendo ganarla, por pura soberbia: lo han revolcado los jueces y ha reforzado el principal bastión de la derecha.

Menuda racha lleva el mago de la estrategia.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor