Sí, ¡ me niego ! Me niego a creer que estoy despierto y que  todo lo vivido y visto en estos últimos treinta y cinco años, ha ocurrido y es verdad.

Me niego a creer que esta Patria mía,  cuya Historia no tiene comparación posible con ninguna otra en el mundo, esté agonizando,  aunque  todos los síntomas son de muerte próxima.

Me niego a creer que la traición de gran parte de la Jerarquía Católica Española, a sus mártires de la Cruzada y a todos sus misioneros a lo largo de los siglos,  civilizando el mundo es innegable.

Me   niego a creer que los Altos cargos militares “son”—sí, así, en indicativo, no en subjuntivo, “sean”– indignos de lucir las insignias gloriosas de los capitanes que mandaron los Tercios de Flandes o del Ejército Vencedor de la Cruzada.

Me niego a creer que estoy despierto y que es mentira que todos los políticos ignoran la Historia de España y el significado de ser “caballeros españoles” y  que, son la inmensa mayoría,  unos rufianes, ladrones y embusteros que solo piensan en medrar y robar impunemente, olvidados por completo de quienes les votan.

Me niego a creer que en mi Patria,  ya  no nacen varones,  sino sodomitas semi-hembras, cobardes y estúpidos que ignoran el orden natural impuesto por el Creador como fundamento de la Sociedad humana.

Podría seguir indefinidamente enumerando todo lo que me niego a creer, a pesar de que llevo medio siglo comprobando que  es una realidad…Pero sobre todo,  me niego a creer que en la nación que inventó la “guerrilla” para acabar con Napoleón y, sin armas, su Pueblo se enfrentó —    respondiendo a la llamada del alcalde  mostoleño– al Ejército gabacho, y  a los traidores de las clases altas que le abrieron las puertas, ante la pasividad del Ejercito real.

Me niego a creer que no quede ya ese mínimo de jóvenes y adultos enteros, que nunca han escaseado en España, capaces de salir a la calle para adueñarse del poder y  acabar con los traidores.

Me niego a creer que no existe ya lo que siempre ha sobrado en nuestra Patria, gente  fiel a su esencia y convencida de que la vida solo vale la pena cuando se está dispuesto a entregarla por una gran causa, la de siempre: Dios y la Patria común. 

Me niego a creer que ha desaparecido de la piel de toro, esa raza  –que los traidores y cobardes llaman “de locos”,  pero  que luego se aprovechan de su muerte, aunque se apresuran a borrarles de su recuerdo. Sí, locos,  pero los más cuerdos y a quienes Dios premia sin medida,  aunque los hombres sean indignos de ellos.

Me niego a creer que  en España no queda ya nadie capaz de  barrer de mierda la Moncloa. Y me niego a creerlo porque nadie puede suponer que Dios castigue a España por haber dado a la Iglesia lo que no le ha dado nadie: veinte naciones cristianas, mártires por millares, apóstoles innumerables, prestigio mundial  insuperable. Tuve que pararle los pies a un amaigo que me dijo “

”Se diría que Dios se ha olvidado de España… y la ha entregado como juguete a Satanás”. ¡No!, le respondí, los designios de Dios — tal como nos lo enseñaron– son “inescrutables” y aunque estemos atravesando  la noche más negra de los dos mil años de Catolicismo,  siempre será el Dios único, Uno y Trino será la PERFECCIÓN ABSOLUTA, infinita en su Sabiduría, perfecta en su Justicia, sin límites en su Bondad y Amor a los Hombres sin límites.

Omnipotente por esencia, aunque no entendamos el por qué parece habernos abandonado. Pero recordemos siempre esto: Cristo tuvo esa misma sensación en el Hurto de los Olivos,  la noche del primer Viernes Santo de la Historia y,  sobre todo, instantes antes de morir en la Cruza, cuando le preguntaba a su Padre: “¡Dios mío, mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

Este es el cimiento de mi negativa a creer lo que no puedo evitar de ver y comprobar  y del  suponer que estamos viviendo un sueño que concluirá pronto, con la RESURRECCIÓN DE ESPAÑA…quizás, por obra y gracia de una de sus “LOCURAS”.

Gil de la Pisa Antolín ( El Correo de España )