Obviemos la motivación, razón y propósito, y vayamos a lo principal. Que un Parlamento debata y vote la despenalización de las injurias a la máxima autoridad del Estado, denota de modo fehaciente la condición moral de los representantes de una nación.

Que es como se entiende que la gran mayoría de los españoles soporten con sufrida paciencia su existencia. Y si a esto se suma un partido que dice respetar la Constitución, como es el caso del PSOE, ahí tenemos la prueba del algodón de lo que sigue siendo por más años que pasen: Criminal durante los años de la II República y la Guerra de Liberación Nacional.

Corrupto en todas y cada de las legislaturas en las que ha formado Gobierno desde 1982. Captor de la Monarquía desde el 18 de febrero de 1977, a cuyo representante anterior (Juan Carlos I) tuvo rehén, lo mismo que hace ahora con Felipe VI.

    La propuesta debatida y votada el día 25 supone la afirmación de lo que es realmente este Gobierno y la tropa canallesca que lo sostiene. Auténtica chusma de cloaca. Una cuadrilla que desprestigia, degrada y ensucia el lugar en el que viven a consta de los españoles, que habría que limpiar el día que les expulsemos para siempre de este lugar, al que no pueden volver jamás.

    Bien es cierto que el Parlamento español hace tiempo que quedó degradado para la Historia, y no precisamente por la entrada de Don Antonio Tejero y los hombres a su mando para rectificar el rumbo de la Patria, sino por consentir que uno de sus escaños lo ocupara “la rata de Pontejos”, el genocida Santiago Carrillo, y aquella fulana de apodo “Pasionaria”, entre otros especímenes que también lo hicieron.

    Pero vayamos al caso. Si al final se aboliese el delito de injurias al Rey, tendríamos que preparar la batería correspondiente de insultos, improperios e injurias a estos individuos tan democráticos y que tanto respetan la libertad de expresión. Y deberían ser tales (insultos, improperio e injurias), y de tal proporción, que les impidiesen salir a la calle.

    Con todo, digo yo qué algo tendrá que decir la Justicia en asunto de su competencia, no sea que también en este caso sea percibida por sus colegas de Bruselas, que a lo que parece tienen un sentido más exacto de lo que es el Derecho, de cómo se tiene que interpretar, respetar y aplicar.

        De momento, si finalmente se despenaliza la injuria, el insulto y el improperio, me pido a Echenique, el personaje tiene muchas posibilidades.

NOTA. En cuanto a lo que digo de las posibilidades que tiene Pablo Echenique Roba para la injuria, el insulto y el improperio, hago referencia al principio del Derecho, máxima jurídica, respecto a que ningún pensamiento o deseo de un ser humano puede delinquir, sino hasta que esta manifestación de pensamiento o deseo se exteriorice provocando una conducta injusta, causando daño a un bien jurídico tutelado o protegido.

Pablo Gasco dela Rocha ( El Correo de España )