Quizás haya sido el comienzo de una de las frases más escuchadas en estas fechas. En el contexto de las reuniones sociales o laborales amenazadas por las infecciones, son muchas las personas que reclaman para sí o para otros la realización de pruebas diagnósticas para COVID, bien pruebas de antígenos, de anticuerpos o de realización de PCR en exudado nasal. En muchos encuentros sociales se han exigido como conditio sine qua non para poder juntarse con otros, lo cual ha sido fuente de desavenencias entre familiares o compañeros de trabajo.

Como todos los años, me visita mi faringitis, esa que me va mermando la calidad y cantidad de voz de manera progresiva hasta desaparecer y volver a recuperarla a partir del quinto día. Tener hoy en día faringitis es sinónimo de sospecha de COVID.

Como también lo es si estás resfriado o con moquillo porque como todo el mundo sabe la gripe desapareció el año pasado y el resto de las afecciones respiratorias propias de la estación del año no lucen tanto en los titulares de la prensa. Cualquier proceso catarral está bajo sospecha de COVID y se supone que exige una prueba diagnóstica, si la hubiere, para corroborarlo.

Estar en un medio hospitalario con la voz tomada y habiendo rechazado los pinchazos para COVID es un alpiste idóneo para hacer florecer la ignorancia. Y eso es lo que cuento en este artículo, la reflexión que ha propiciado esta situación, porque algún compañero me ha dicho eso de “Me quedaría más tranquilo si te hicieses una PCR”. Seguro que a muchos de los lectores les ha pasado algo similar con parientes o compañeros estos días. Analicemos la frase.

Parece que la conveniencia de realizar la prueba surge de la necesidad de que alguien se quede tranquilo. Vamos, que su tranquilidad depende de que tú te hagas una prueba. ¿Qué prueba? En este caso una PCR. La reacción en cadena de la polimerasa es una técnica diagnóstica que, como diría Leo Harlem, se ha sobrestimado. Se ha puesto como paradigma del diagnóstico de la enfermedad COVID, cuando en esencia no tiene gran utilidad per se para tal fin, según ya sabíamos los médicos por el ejercicio clínico, como también las autoridades sanitarias que finalmente han declarado que no es útil para ello fuera del contexto clínico.

A los alumnos se lo explico con una tabla de contingencia de 2×2, sencilla. Porque por un lado está lo que la prueba dé de resultado, que sólo puede ser positivo o negativo (dejemos al margen los “indeterminados”) y por otro lo que la realidad sea, es decir, que la persona tenga o no tenga realmente la enfermedad. De esta tabla de contingencia de 2×2 surgen por tanto cuatro situaciones, a saber:

1.- Que la prueba dé negativa y la persona no tenga la enfermedad (verdadero negativo)

2.- Que la prueba dé negativa y realmente la persona tenga COVID (falso negativo)

3.- Que la prueba dé positiva y la persona no tenga enfermedad (falso positivo)

4.- Que la prueba dé positiva y la persona realmente esté enferma (verdadero positivo)

Al margen de establecer los porcentajes en que se distribuyen estos cuatro casos, parece que una prueba es útil cuando es muy fiable para detectar verdaderos positivos y verdaderos negativos, es decir, es una prueba que falla pocas veces.

No es el caso de la PCR donde hemos visto que hay un gran número de falsos positivos y también de algunos falsos negativos. Pero todavía más importante que la discusión sobre el reparto de estos porcentajes de acierto o desacierto, es la cuestión práctica que a menudo les espeto a mis alumnos: ¿qué se va a seguir del resultado que se obtenga de esa prueba?

El resultado de la prueba sólo va a ser o positivo o negativo. Si lo que hemos de hacer en función de ese resultado es importante o significativo, puede tener sentido hacer la prueba. Pero si el resultado de la prueba, sea el que sea, no va a condicionar la actitud a seguir, ¿para qué hacer la prueba? ¿Acaso para que alguien se quede tranquilo?

En el caso de una PCR negativa, ¿podemos decir que quien se la ha hecho no tiene COVID? No olvidemos los falsos negativos. Una persona asustada tiende a creer que ese negativo que le ha salido es falso, porque ¿y si realmente está enfermo? Y por si acaso, aunque tenga un resultado negativo tiende a aislarse no vaya a ser que contagie “a alguien de algo”. Duda, en definitiva, del valor negativo de esa prueba y mantiene las distancias, por si acaso.

En el caso de una PCR positiva, ¿debo aislarme? Los protocolos, los diversos protocolos, dicen que sí, tanto si se trata de verdaderos o falsos positivos. Y eso del aislamiento, ¿en qué consiste? Pues depende de los sitios. Unos los llevan hasta el confinamiento y encarcelamiento doméstico y otros simplemente incrementan las medidas de protección individuales con mejor uso y más asiduo de mascarillas e hidrogeles, evitando el contacto social. No está definido qué es eso del aislamiento ni a quién beneficia más realmente o de qué protege.

En el quehacer médico, lo que manda es y debería ser siempre la clínica, la situación clínica del paciente. Por eso ante el paciente que me consulta despavorido porque ha estado en contacto con un positivo, o mismamente le ha dado a él alguna prueba diagnóstica positiva, le pregunto: ¿Y tú qué tal te encuentras? Porque consciente de los errores e imprecisiones de las técnicas diagnósticas parece que se nos olvida que lo esencial siempre es saber qué tal se encuentra una persona.

Volviendo al título, ¿de verdad el resultado de una prueba te deja tranquilo? A mí como médico, en concreto el resultado de esta prueba para el caso que nos ocupa no me deja ni tranquilo ni intranquilo, me deja indiferente. Si la creo necesaria, conveniente o útil, la prescribo. Pero siempre procuro ir por delante en las determinaciones: ¿qué implicación o importancia va a tener ese resultado en la toma de decisiones?

Pues bien, en mi caso, si sale negativo es evidente que por la faringitis conviene que guarde protección con mascarilla, porque con tos no se transmite sólo COVID sino que pueden pasarse los estreptococos de la boca y muchos gérmenes más.

Y si sale positivo no me van a mandar diez días a casa porque la lista de espera de endoscopia se dispara si se suspenden agendas y a alguien le da un infarto. En definitiva, se haría lo mismo dé lo que dé la prueba y en este caso, como venimos diciendo, no tiene sentido hacerla más allá de incrementar el gasto superfluo.

La necesidad de hacer una prueba diagnóstica de dudosa utilidad “para que alguien se quede tranquilo” no sale gratis. No en vano en España se llevan gastados más de 6.000 millones de euros en este tipo de pruebas diagnósticas. Un dinero que sale en gran medida del bolsillo de todos los contribuyentes.

Y no sirven para dejar tranquilos a los hipocondríacos que ven cómo con tres pinchazos puedes acabar igual en una UCI. Hay que tener una mentalidad práctica en el uso de las pruebas diagnósticas y terapéuticas y saber de medicina para poder aplicarlas racionalmente.

De otro modo, terminaremos indicando quimioterapia “por solidaridad”  o exigiendo mascarillas para pasear entre los pinos. Hay que plantarse, con la ciencia en la mano, para decir con claridad que a la gente miedosa e hipocondríaca no le dejará nunca tranquilo las medidas que la autoridad sanitaria sin criterio exija para el “bien común”.

Siempre les parecerán insuficientes las propuestas de restricción que se impongan para ellos y para los demás porque su miedo crece a medida que se pone de manifiesto la ineficiencia de las exigencias absurdas. Hacerse una prueba poco útil o ponerse un pinchazo innecesario nunca curará a un hipocondríaco de su hipocondría.

Y de los que se trata es de generar una sociedad permanentemente enferma, preocupada en exceso por su salud, acaso porque faltan médicos realmente.

Doctor Luis Benito de Benito ( El Correo de España )