MEJOR PADRES DEL PORVENIR, QUE HIJOS DEL PASADO

Poner a la opinión pública a debatir sobre Franco era el plan de los asesores de Pedro Sánchez, y hay que reconocer que lo han logrado. Ojalá pudiéramos asegurar que este editorial será el último que, por imperativo de la actualidad, ceba la propaganda con que un Gobierno en minoría intenta estirar su supervivencia y predisponer el ciclo electoral en su favor. Sin embargo, el “largo proceso” que exigirá la exhumación y ya anunció Carmen Calvo nos hace temer que aún tendremos que perder más tiempo y energía en fatigar la memoria del dictador que murió en el poder hace 43 años, momento en el que España inició el camino ejemplar -considerando las alternativas- hacia la democracia consolidada que hoy disfrutamos.

A falta de capacidad legislativa para emprender reformas, el Gobierno optó desde la elección del gabinete por el efectismo gestual y la política simbólica. A falta de escaños, se centró en el relato. Y a falta de relato programático de futuro, eligió el morbo fácil del ayer más negro, en la senda divisiva incoada por Zapatero. La estrategia resulta tan incompatible con el sentido de Estado -el que abundó a izquierda y derecha en la Transición- como rentable para el partidismo de mirada corta: el objetivo es recuperar votos fugados a Podemos arrebatándole la bandera del antifranquismo (en diferido) y de colocar a la oposición en la incómoda tesitura de tener que comprar entero el marco socialista o bien aparentar connivencia con el franquismo.

Por esta única razón ha escogido Sánchez la vía del decreto-ley. Si le moviera una intención sincera de reconciliación nacional, habría liderado la búsqueda del máximo consenso parlamentario para cumplir con la deseable resignificación de un monumento cuyas siniestras resonancias no cabe negar. Pero Sánchez no se priva de la tentación polarizadora, de la taxonomía de la infamia, de un maniqueísmo tramposo que ponga al español incauto a discutirle al compatriota su pedigrí democrático. De eso se trata por debajo de la retórica de la vicepresidenta, y cuanto más dure -y durará, porque se ha obviado toda persuasión previa con la familia y la Iglesia-, mayor rentabilidad política.

Hace mucho que los españoles -salvo una excéntrica minoría que las terminales mediáticas gubernamentales se apresurarán a agigantar- asumieron lo que pasó, superaron agravios lacerantes y pactaron el abrazo inaugural de un tiempo nuevo. Lo cual no exime a los historiadores de su tarea, pero debería disuadir a los pescadores de río revuelto, a los profesionales de la agitación en beneficio de parte. No hemos tenido esa suerte con los dos últimos líderes del PSOE. El cordón sanitario y la adjudicación de credenciales de facha son golosinas ya viejas pero aún demasiado atractivas para el infantilismo político que se ha adueñado de la izquierda, aunque no solo de la izquierda. En la oposición se echan de menos los argumentos serenos, en vez de refugiarse en pegas formales y frases hechas. La democracia española no necesitó mover el cadáver de Franco por decreto para figurar en lo más alto de los rankings mundiales; pero ha perdido una ocasión de mejorarse con una exhumación bien hecha, aglutinadora de voluntades.

Miguel de Unamuno, que conocía el amargo precio del cainismo, nos invitó a ser antes padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado. Ojalá Pedro Sánchez fuera tan sensible a las lecciones de Unamuno como a las tácticas de sus spin doctors.

El Mundo