La sociedad española no cambia. No tenemos lo que nos merecemos, tenemos lo que queremos tener. Ocho de cada diez españoles votantes, creen que España va bien, y están a gusto con los políticos que nos dirigen, y con la política que éstos desarrollan. Y los eligen y reeligen. Ergo, no puede ser contumacia en el error, sino gusto, interés, satisfacción…

Que ese agrado sea natural o debido a que la red clientelar fabricada por la casta partidocrática durante más de cuarenta años se ha hecho más extensa de lo que imaginamos, es lo de menos. La cuestión es que, dejando aparte a los cuñaos del oligarca de turno, que están a la sopa boba, la gente está contenta.

Por lo tanto, y como no podía ser de otro modo, si los malos y los vagos juzgan dañosamente, y dado que son más que los buenos y los trabajadores, su voz ahoga la de éstos, como la cizaña ahoga el trigo. ¡Vivan, pues, las cadenas! Pero dicha satisfacción de la malicia, no ha de ocultar que hemos llegado a un punto en que en España todas son matas y están por rozar. Si no se limpia la broza, ésta acaba sepultando todo lo erigido, todo lo que se eleva, y los esfuerzos nobles se van al traste.

Ahora, como digo, y desde hace muchos años, de una parte, malo, y de otra, peor. Si saltas de la sartén, caes en las brasas. Esto es un círculo vicioso, y las elecciones, tal como están instaladas en el Sistema, son parte de ese círculo que lleva a ningún sitio, sólo a multiplicar los abusos y el enriquecimiento de la plutocracia y sus esbirros y subsidiados políticos. Mas, a pesar de ello, sólo unos pocos están convencidos de que es ineludible acabar con esta lepra sociopolítica que convierte a todos en leprosos, arruinando y destruyendo de paso a España.

¡Cuántas elecciones para nada positivo! ¡Cuántas trampas y dilaciones! ¡Cuánto diferir el verdadero progreso de hoy a mañana sin que el mañana nunca llegue! Como Noé, sueltan el cuervo del arca con el señuelo de que regresará trayendo buenas nuevas, pero el cuervo nunca vuelve.

Y, una vez tras otra, nos dejan sin esperanza. El caso es que somos vicio de viles y pasto de bestias. Bestias torpes los mismos que no se quieren desengañar de sus engaños. ¿Solidaridad? ¿Dónde? ¿De quién? Y, sí, habrá más elecciones; mas ¿para qué?

Los hemos cogido mil veces al pie de la obra y con las manos en la masa, el delito patente, y aun así los hemos elegido y reelegido para que nos gobiernen. Si no es por gusto, ¿cómo es posible tal ceguera, tal masoquismo? La luz se acaba, el día declina, y ese sol que aún está en las bardas acabará ocultándose y dejándonos en absoluta negrura.

Si el tiempo puede descubrir veredas en tanto hay claridad, con la llegada de la noche todo camino desaparecerá. Pero seguimos esperando, según parece, que alguien – ¿quién? – venga con las antorchas y nos saque, como antaño, del corral. Y del retrete. Incapaces como somos de salir de ellos por nuestras propias fuerzas y méritos.

Cada día, cada elección que pasa, comprobamos que, contra lo corriente, el cuervo que esperamos y no viene sí puede ser más negro que las alas. ¿Qué desgracias de tripas han sido, son, las nuestras? Aguas mayores, sin duda.

Pero como no nos lavamos, estamos a punto de desmayarnos por culpa de nuestro propio hedor. Para siempre, y en brazos de quienes nos manejan y humillan. Éstos, para seguir explotándonos, perdonarán la vida a algunos, sabiendo que quienes sobrevivan a sus agendas, previamente se han perdonado su honra.

La cuestión es que nuestro mundo está montado de tal manera que por el mismo caso que robas, mientes y atropellas, te sustentan, favorecen y estiman. Mentir, sobre todo. Mentir, mentir, mentir… desde todos los ángulos, en todos los tonos, con todos los medios.

Mil veces hay que insistir en esto, porque decir esta verdad es lo que importa, que la mentira y el engaño han ocupado lo cotidiano y se han convertido en manjar de príncipes. Hoy, los poderosos y sus siervos se llevan a la cama sus falacias, se desayunan con sus enredos y al atardecer acuden a sus fiestas acompañados de sus putas, sus intrigas.

Nos prometen lo que no quieren cumplir. Son montones de polvo, y un poco viento basta para mezclarlos con la ceniza, pero mientras tanto se despachan a su gusto porque son poderosos. Son jueces y son parte; juzgan, y atropellan. Tienen el Estado consumido y alienados a los vasallos. Las calles, las prensas, los ateneos, las iglesias, los tronos… se pierden en el silencio culpable, cuando no escandalizan con sus comportamientos.

Luchando a brazos contra el miedo por culpa de la muerte vírica con que les han subyugado, la sepultura en medio, sin pensar en lo que son ni en lo que quieren ser, ningún injuriado se levanta a tiempo, ni dispuesto a mirar al frente.

Ocho de cada diez no se miran dentro de sí mismos, tal vez por temor a no reconocerse como hombres. Como las aves del cortijo, no les importa esperar a que llegue el águila para que se lleve la de su gusto, o que el amo les entresaque para la olla del día a día. Eso es lo que tiene ser esclavo, que no posees arbitrio ni hora que puedas hacer tuya.

Mientras tanto, se van pudriendo las maderas de los techos y cayéndose los muros, como las muelas. Y sin puntales que sostengan las paredes, se viene a tierra la casa. En una ciudadanía que carece de parte segura y de pared donde arrimarse, van enflaqueciendo las virtudes hasta perderse por los sumideros.

Otros brazos más fuertes, otros cuerpos más robustos y sanos de cabeza y de alma que estos miserables y cobardes de hogaño habrán de levantarla en el futuro.

Ojalá que no sea a costa de más sangre.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )