Las melonadas de Zapatero han quedado casi olvidadas ante las atrocidades de Sánchez, aunque aquel nos obsequia de tanto en tanto con humoradas, que resultan ser doloras, y que Campoamor me perdone por meterle en estos zarzales.

La última es considerar «coherencia democrática» haber iniciado un diálogo con Bildu sin que reconozca los crímenes de ETA ni pida perdón por ellos. Algo que no ha mucho hubiera significado el fin de una carrera política.

Pero hemos empeorado tanto que el expresidente se ha permitido el lujo de contarnos que él contempló la posibilidad de indultar a todos los terroristas encarcelados tras la tregua de 2006, pero el atentado en la T-4 lo frustró. Que Sánchez negocie con Bildu los presupuestos le parece pues «positivo».

Ustedes conocen mis ideas sobre la «derrota de ETA», tras dejar las armas, celebrada a campana herida por la España oficial. Me alegra que prometiera no volver a matar, pero en modo alguno debe recibir recompensa por ello, porque volverá a hacerlo si le interesa, pero, sobre todo, porque no ha sido derrotada.

Es más, si hubo un vencedor en esa guerra sucia han sido los terroristas, que vuelven como héroes a sus pueblos, algunos ocupan cargos oficiales y reciben todo tipo de obsequios. La profecía de Arzallus, «unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces», se ha cumplido al pie de la letra.

Ahí los tienen mandando en Navarra, y vendiendo a Sánchez sus votos a precio de oro. Si esto es derrota, ¿qué sería una victoria? ¿Mandar en Madrid? ¡Si ya lo hacen!

Hablando de Sánchez. ¡Qué cara de titanio! Después de haber prohibido al Rey ir a Barcelona para la solemne entrega de despachos a los nuevos jueces, «organiza» (el verbo es de «El País») un viaje con él para la entrega de premios de la New Economy Week, conocida por los organizadores. ¿Por qué lo hace?

¿Para quitar el mal sabor que dejó aquel veto no sólo en la judicatura, sino en amplios sectores sociales, incluido su propio partido? ¿Para decir a los españoles que sus relaciones con el Rey siguen siendo buenas? ¿Para mostrar a los independentistas que puede llevarle como un perrito de la correa?

¿O, simplemente, para controlar que no diga o haga nada que pueda perjudicarle? Conociéndolo, podemos decir que todo a la vez. Nos hallamos ante un individuo tan cínico como polifacético, capaz de hacer o decir una cosa y la contraria sin que se le mueva un músculo de la cara.

Las pesadillas que le producía Iglesias son el mejor ejemplo. Su relación con la Monarquía, otro. Ya conocen la advertencia de Lincoln, «puedes engañar a alguna vez a alguien y a alguno siempre, pero no a todos siempre».

Al Rey, desde luego, no va a engañarle tras lo ocurrido, y ya verá la factura de los nacionalistas por apoyar sus presupuestos. Ni el Tesoro USA puede abonarla, porque la soberanía nacional no tiene precio.

Le queda el dudoso honor de haber desplazado a Zapatero como peor presidente español de la historia.

José Maria Carrascal ( ABC )