MEMORIA DE UN HÉROE

Es un deber moral honrar la memoria de nuestros héroes y el jueves se cumplen 25 años de la muerte de uno de los mayores: Gregorio Ordóñez Fenollar. Sus padres fueron emprendedores de los de verdad, de aquellas remesas de españoles que tuvieron el coraje de buscar una esperanza en la incierta aventura americana. La madre había salido de un pueblo valenciano y el padre, de uno turolense.

Se hicieron novios en Caracas, cuando antes de ser arruinada por el comunismo era tierra de promisión. Allá se casaron y allá nació Gregorio. Trabajando de lo que podían, él de chófer y ella de asistenta, juntaron unos ahorros y cuando el chaval tenía siete años retornaron a España, a San Sebastián, a un País Vasco vanguardia de progreso y oportunidades laborales.

Gente peleona y con visión, montaron una lavandería y lograron progresar. Gregorio ya pudo estudiar Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra, una de las mejores del país. En la primera veintena se afilió a AP, por un motivo claro: confrontar a pie de calle a un nacionalismo obligatorio y asesino. Si te enrolabas en una misión así tenías muchos boletos para ser asesinado, y eso ocurrió.

Ordóñez, Goyo para su gente, gastaba un vitalismo sin fatiga y un físico reconocible. Su punto distintivo era una mata de pelo muy tupida, que le confería un curioso aire de Espinete. Ojos pequeños muy agudos, rostro contundente, sonrisa fácil y coñona.

Como político era accesible y estajanovista. A las siete de la mañana enfilaba su despacho de teniente de alcalde en San Sebastián, donde practicaba la proximidad con los vecinos. Decidió enfrentarse al separatismo violento de frente, sin remilgos contemporizadores, y con ello puso a su partido en órbita.

Con una valentía temeraria llegó a renunciar a su escolta, porque entendía que el País Vasco era su casa, una parte de España, y tenía derecho a conservar la ilusión de poder transitar en libertad (o tal vez era solo una manera de preservar la cordura en una situación de acoso insoportable). Goyo fue pionero en destapar connivencias repugnantes que hoy sabemos ciertas.

Proclamó que tan ETA eran los pistoleros como sus cínicas pantallas políticas. Denunció el rol vidrioso de parte del clero vasco, a veces cómplice del mal.

El epílogo es conocido. El 23 de enero de 1995, en una tarde húmeda, comía en la tasca La Cepa de su ciudad con dos compañeros de partido. Txapote, un asesino psicópata, irrumpió en el local a las tres y veinte, con el rostro tapado por un pasamontañas rojo, y le descerrajó el tiró en la cabeza que lo mató al instante. Ordóñez tenía 36 años, una mujer a la que quería y un niño de 15 meses, hoy un ingeniero al que privaron de toda memoria personal de su padre.

¿Ha ganado o perdido Goyo a largo plazo? Su tumba ha sido profanada varias veces. Su viuda y hermana tuvieron que largarse del País Vasco por el acoso separatista.

La perduración de su legado dependerá de cómo protejamos el recuerdo de lo que realmente sucedió en los años de plomo y sangre; de cómo combatamos la fábula equidistante que están escribiendo los amigos de los pistoleros, donde los lobos son las víctimas de los corderos.

Luis Ventoso ( ABC )