MENTIRAS HISTÓRICAS

Urge desenmascarar dos falacias que circulan, dado el daño que causan: que la Segunda República fue un oasis de tranquilidad y progreso y que el nacionalismo secesionista catalán es pacífico. Dos inmensas patrañas. Sin llegar al desastre de la Primera República, que en once meses y cuatro presidentes, estalló como una granada, con independencias cantonales y guerras vecinales, la Segunda puede presumir de todo menos de tranquilidad y desarrollo.

Es verdad que sus reformas agraria y educativa tenían las mejores intenciones, pero tuvo todo tipo de alzamientos de campesinos, Casas Viejas, Castilblanco, aplastados a sangre y fuego, de militares, con el general Sanjurjo al frente, abortado, y del PSOE, sí, ¡el PSOE!, con los mineros asturianos y, los independentistas catalanes, que también requirió el uso de la fuerza.

Por no hablar del clima de confrontación creciente que se traducía en discursos incendiarios en las Cortes, choques en las universidades, quema de iglesias, muertos en las calles, hasta llegar al choque del Frente Popular y el Frente Nacional que dio lugar a la guerra civil, ante un gobierno incapaz de controlar la situación. Quien diga que aquello era una feliz y asentada democracia miente o está loco. Basta pensar que un líder de la oposición fue «paseado» por un pistolero, guardaespaldas de un alto cargo.

Algo parecido ocurre con el carácter «pacífico y democrático» del que presume el independentismo catalán. Olvida que la primera medida que tomó Macià al llegar la República fue proclamar el Estado catalán, que costó Dios y ayuda reconducir. Pero en la crisis del 34 volvieron a las andadas y el general Batet necesitó disparar unos cañonazos al palacio de la Generalitat para que desistieran de sus propósitos.

Lo que no impidió que, declarada la guerra, las tropelías que se cometieron en Cataluña bajo Companys merecen cualquier calificativo menos el de pacíficas y democráticas. Recobrada la democracia y con un estatuto de amplias atribuciones, Terra Lliure, la ETA catalana, busca la independencia por la «acción directa», como, recientemente, los Comités de Defensa de la República, cortando autopistas, escraches a personalidades constitucionalistas e incluso asaltos al Parlament cuando no lo veían bastante independentista.

Era la fuerza de choque del movimiento, que nunca renegó de la violencia. Acabamos de tener el mejor ejemplo con la detención de nueve de sus miembros, con material para fabricar explosivos y planos de objetivos, entre ellos un cuartel de la Guardia Civil. ¿Reacción del nacionalismo? Airadas acusaciones al Estado español de calumnias al equipararle con el terrorismo.

¿Para qué querían esos individuos ese material? ¿Para fabricar cohetes como dijo alguno? No sabíamos que tuviesen ese sentido del humor. Cuando les sería mucho más fácil demostrar sus credenciales pacifistas distanciándose de los detenidos y reconociendo que, en una democracia, el único autorizado para usar la violencia es el Estado. Usarla al margen de él es delincuencia o terrorismo. Pero ¿cómo van a hacerlo si uno de los detenidos confiesa haber oído que el propio Torra estaba al tanto del plan e iba a facilitarlo?

José María Carrascal ( ABC )