MENTIRAS INFECCIOSAS

Si algo ha hecho el Gobierno desde el arranque de esta pandemia ha sido mentir, ocultar información crucial que el ciudadano tenía derecho a conocer, escudarse en el «mal de muchos» como justificación de su negligencia, lanzar cortinas de humo para tapar su incompetencia culposa.

Ahora resulta que las mascarillas sí salvan vidas. ¿Cuántas personas han muerto por creer al ministro de Sanidad o a su portavoz, Fernando Simón, cuando decían lo contrario? ¿Cuántas podrían haber escapado al contagio simplemente tapándose nariz y boca con un pañuelo?

No es que reconocieran la falta de mascarillas y dejaran a nuestro albedrío el modo de procurárnoslas o fabricarnos remedos caseros, no. Es que se rieron de quienes recomendaban su uso, insistiendo en que resultaba del todo inútil en base a no sé qué cálculos de gotas y recorridos del virus.

Una vez demostrado que cubrirse el rostro ante los demás es una medida esencial para evitar infectarse, tal como recomendaban desde el principio varios países asiáticos y europeos, echan la culpa a la OMS. Lo que sea, antes de reconocer que erraron clamorosamente en sus consejos o, peor aún, nos indujeron a jugárnosla saliendo desprotegidos con tal de no admitir que España estaba desabastecida de un producto indispensable, visto lo visto en China e Italia, que esa misma OMS nos había instado a comprar en cantidad suficiente a principios de febrero.

¿Cuál fue entonces la respuesta del ministro Illa? «Gracias, pero tenemos de sobra». Y vamos ya por doce mil fallecidos oficiales, que seguramente sean muchos más, al igual que los contagiados.

Mintieron al negar la necesidad de usar mascarilla y mienten al esconderse tras la Organización Mundial de la Salud. A finales de febrero, ese mismo organismo elevó el nivel de riesgo de la pandemia a «muy alto» y recomendó que se suspendieran todos los actos públicos que implicaran concentraciones masivas de gente.

También lo hizo la Comunidad de Madrid, exactamente el 5 de marzo. Pese a lo cual, el Gobierno desoyó las advertencias porque priorizó el éxito de su manifestación del 8-M sobre la salud de los españoles. Es más; miembros (y «miembras») destacados del Ejecutivo, así como conocidas palmeras mediáticas, se mofaron del «bicho» e instaron a las mujeres a echarse a la calle, desafiando la más elemental prudencia e ignorando el criterio de la misma OMS que ahora utilizan como coartada.

¿Cuántas muertes se habrían evitado si Pedro Sánchez hubiese dicho toda la verdad y primado el interés general sobre la mezquina conveniencia del Partido Socialista y Podemos?

Mienten, engañan, desinforman, ocultan. ¿Quién está detrás de la compra de ese lote de pruebas inservibles que nos han colocado porque se trataba de una «ganga», según confesó la ministra de Exteriores, González Laya? ¿A cuánto ha ascendido la comisión y quién se la ha llevado? ¿De qué despacho criminal ha salido la idea de enviar a combatir el virus a sanitarios con síntomas leves a la semana de haber enfermado? ¿Cuándo habrá test para todo el mundo y no solo los políticos?

La respuesta, de momento, es censura y propaganda. Un presidente con cara de circunstancia que plagia patéticamente en sus monólogos a Kennedy, Churchill y hasta San Pablo, mientras su leal escudero, Oliver, maltrata a los periodistas. Me enorgullece que ABC encabezara la lista de los medios de comunicación que, por dignidad, anunciaron que no seguirán participando en esas ruedas de prensa amañadas con preguntas filtradas a conciencia, obligando a Moncloa a rectificar. Ningún Ejecutivo democrático había mostrado tal desprecio por sus ciudadanos.

Isabel San Sebastián ( ABC )