Es un artista de la falacia, un maestro del engaño, un genio del embeleco, que domina las reglas de tan dudoso arte: cuanto mayor sea una mentira, más se creerá. Si se descubre, tápese con otra mayor. Y si la arropa una porción de verdad, cuela incluso entre los menos dispuestos a aceptarla.

Hemos tenido numerosos ejemplos desde que llegó a La Moncloa, pero no voy a referirme a los más burdos, como el de «no poder dormir pensando con Iglesias en el gabinete» o acusar del «no es no» al PP después de haberlo inventado él, sino al más reciente: proclamar a través del púlpito que se ha buscado en La 1 que «Casado le aceptó renovar el Poder Judicial», que ahora rechaza.

Cuando es una verdad menos que media, pues omite dos terceras parte de lo ocurrido. Hubo, sí, en julio contactos entre PP y PSOE para resolver asuntos pendientes de interés nacional, como la renovación del Consejo General de Poder Judicial. Pero tras la salida de Don Juan Carlos de España, Podemos lanzó un iracundo ataque, que incluía a Don Felipe VI.

A mayor abundamiento, Podemos fue imputado por financiación irregular, pedía un gobierno con Bildu en el País Vasco y un pacto con Ezquerra a cambio de reanudar la mesa de autodeterminación en Cataluña. Ante lo que Casado informó al Gobierno que no podía continuar las conversaciones para renovar las instituciones, mientras Podemos tuviera algún papel en ellas. Es decir, mientras Podemos estuviera en el gobierno. De todo eso se olvidó Sánchez al acusar a Casado de no cumplir su palabra, cuando el mayor mentiroso es él, al menos en España y, puede, en el mundo.

En estas estamos. Podríamos hacer lo que los ingleses, que tras convertir a sus corsarios en almirantes, presumen de cualquier récord mundial, como están haciendo con la negociación del Brexit, en la que intentan volverse atrás en puntos ya acordados.

Pero para eso hay que tener una flema, una cachaza y un aguante que nosotros no tenemos. Sánchez es más bien del tipo Trump: el que se cree más listo que nadie y va por la vida dando sablazos a diestro y siniestro, confiando en su buena estrella y en que la masa puede engañarse con las tres normas citadas el principio, a las que puede añadirse que a nadie le gusta admitir que ha sido engañado. Individuos así han abundado en todas las profesiones y capas de la sociedad española.

El problema es que, esta vez, uno de ellos está a frente de la nación. En España solemos consolarnos con el refrán «las mentiras tienen las patas muy cortas». Pero resulta que tienen alas, sobre todo en nuestra época de comunicación global y efectos inmediatos. Lo que quiero decir con ello es que Estados Unidos y Reino Unido pueden permitirse el lujo de tener a un Trump y a un Johnson al frente.

Pero ¿puede España aguantar un gobierno de Sánchez sostenido por antiespañoles?

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor