No te condenan por lo que has hecho, mi capitán, te condenan por dónde lo has hecho. He ahí tu delito y tu pecado democráticos.

Si hubieras llevado a tu Compañía de la Fiel Infantería a la narcoparroquia del Padre Ángel, para que ese cura de chirigota gaditana ataviado siempre de conductor de la EMT bendijese el banderín de tu Compañía, te habrían blasonado el pecho de condecoraciones y en las bocamangas de tu guerrera ya palpitaría la estrella de comandante en virtud de tus méritos democráticos, de tu valor progresista y de tu coraje constitucional.

No llevaste a tu Compañía a los predios en los que sólo habitan los dioses paganos de la solidaridad de tómbola y ocasión, no el Dios de la Misericordia, esos templos en los que ofician los ofidios del igualitarismo, que no de la Igualdad, esas parroquias que destierran el Evangelio para elevar la Constitución a los altares de las Sagradas Escrituras, esas iglesias en las que los fariseos con chándal, sin sotana y sin dignidad, engolan sus voces untuosas para predicar desde sus púlpitos progresistas contra los que dieron sus vidas por Dios y por España en un tiempo que, gracias a ellos y a la curia de mercaderes que les financia, ya gravita en el olvido y se mece en el oprobio.

No, mi capitán, no llevaste a tu Compañía a esas pocilgas de la miseria moral mancomunada y de la colectivización del odio y del rencor resucitados en nombre de la venganza de los cobardes.

No, mi capitán, llevaste a tu Compañía al Valle del Honor, al Valle de los Caídos, donde en la camaradería de la muerte velan juntos los que dieron su vida por una España como la de aquel otro capitán de la Fiel Infantería que en 1585 con el Tercio Viejo de Zamora, en la batalla de Empel, hizo exclamar al enemigo: “Sin duda, Dios es español”. 

¡Qué disparate! ¿verdad? Pero es que esos disparates son los que convirtieron Hispania en España, y los que hicieron que España escribiese sobre los mapas del mundo la Historia más grande jamás contada, desde las murallas de Troya hasta el Valle de los Caídos. Bendito disparate el de Don Pelayo en Covadonga, bendito disparate el del Cid arrodillando a un Rey en Santa Gadea, bendito disparate el de las Navas de Tolosa, bendito disparate el de la Toma de Granada, bendito disparate el de la singladura de la Pinta, la Niña y la Santa María, benditos disparates los de Cortés Pizarro, los de Elcano Balboa, glorioso disparate el de Lepanto, donde nace el héroe más disparatado de la HumanidadEl Quijote, bendito disparate el de los madrileños el 2 de mayo de 1808, enfrentándose a navajazos y con tijeras de modistilla al ejército más poderoso de Europa, bendito disparate el de los hombres que cruzaron el Rubicón por el Estrecho de Gibraltar el 18 de julio de 1936… gloriosa, bentida y disparatada España que almena y consagra su Historia y la Historia del mundo con las Banderas del Honor enarboladas por quijotescos capitanes como tú, mi capitán.

Los que han escrito sus biografias con traición y deshonor para interpretar la farsa democrática ni te van a perdonar ni te van a indultar, mi capitán. Cuando llegue el tiempo profetizado por Oswald Spengler en el que “un pelotón de soldados salvará a la Civilización Cristiana”, tú mandarás ese pelotón, mi capitán.

A tus órdenes.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )