MI LUCHA

El otro día en El Objetivo de La Sexta Pablo Iglesias explicó las razones por las que Podemos no tiene una postura definida acerca de la legalización de la prostitución. Dijo que el partido -él, o sea- estaba esperando a que se resuelva el debate en el seno del movimiento feminista para asumir sus conclusiones como guía rectora.

El asunto de la prostitución se convirtió inmediatamente en una cuestión secundaria, lo relevante era que los españoles habían sido informados de que hay un lugar donde se dirimen y resuelven los dilemas morales que algún día se traducirán en leyes.

A pesar del enorme interés periodístico de la revelación, ahí quedó la cosa, porque hasta hoy nadie le ha preguntado quién es el tal movimiento feminista, cómo elige a sus miembros -¿se dice ya miembras?-, quién ostenta la portavocía, dónde se publica su jurisprudencia y si es posible recurrir sus decisiones. Yo me atrevo a aventurar que las cuatro primeras preguntas quedarán para siempre en el aire.

No así la última, de la que me atrevo a ofrecer una respuesta: no. En esto consiste el truco final de la magia posmoderna. En convertir el activismo en ciencia, dotarlo de una jerga aparente y presentar las luchas no como las legítimas aspiraciones de sus luchadores sino como un acervo inatacable. Por científico. Así que el que se opone a sus recetas políticas ha sido degradado de disidente a ignorante. A uno ya le niegan hasta la condición de reaccionario, con el trauma que le provocó asumirla en el tránsito a la madurez.

Entren en la red social que prefieran, vean con qué aplomo sientan cátedra miles de empoderados -la edad es indiferente, hay fieles exponentes del nuevo tiempo que son mayorcísimos- y verán a lo que me refiero. No discuten, aleccionan. Hacen pedagogía. Y exhiben neologismos campanudos que antes abochornaban y ahora embellecen. Invisibilizar, por ejemplo.

Tres estudiantes crueles apellidados Lindsay, Pluckrose y Boghossian debían de estar pensando en todo esto cuando decidieron probar de qué materia estaba hecha la verdad revelada del activismo científico. Enviaron investigaciones disparatadas a varias revistas de las que se dicen especializadas en la cosa. Entre otras maldades, tradujeron 3.000 palabras del Mein Kampf al lenguaje inclusivo y a la jerga empoderada.

Emularon el escándalo de Alan Sokal, que en 1996 consiguió colar «un pastiche de jerga posmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes fuera de contexto y un rotundo sinsentido» en la revista Social Text de la Universidad de Duke. «Algo va mal en la universidad», escribieron los tres impostores visto el éxito.

Rafa LaTorre ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor