MI ODIADO CÓMPLICE

Conviene no confundir política con guerra. Es verdad que a lo largo de la historia han compartido la «aniquilación del enemigo», objetivo de la guerra según su gran teórico, Clausewitz, y hubo que esperar a la Edad Moderna para que Maquiavelo demostrase que la astucia puede ser más eficaz que la fuerza. Y a que, ya en los albores de la Contemporánea, Bismarck redefiniese la política como «el arte de lo posible» es decir, de la persuasión, transacción o consenso, con tan poco arraigo en España.

Vienen estas lucubraciones a propósito del duelo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, enemigos a muerte condenados a entenderse si quieren sobrevivir ambos. Iglesias quiso convertir Podemos en líder de la izquierda española a costa del PSOE, y Sánchez, quiso hacerlo añicos. Ambos han fracasado.

Pedro ha tenido que olvidarse de gobernar en solitario y aceptar la inclusión de «podemitas» en su gobierno, e Iglesias ha tenido que renunciar a ser uno de ellos. «No quiero ser el obstáculo de que no haya un gobierno progresista», dijo para justificar su paso al lado, pero poniendo tres condiciones: «Ningún veto, elegir sus representantes en el Gobierno y peso proporcional a sus votos», un tercio de los socialistas. Lo que hará todo menos fácil.

Es incluso posible que, a la larga, lo haga más difícil. Porque si lograr la investidura de Sánchez se ha facilitado con los votos de Podemos, que el gobierno resultante puede gobernar está por ver. El propio Sánchez enumeró las incompatibilidades entre ambas formaciones, sobre todo sobre Cataluña, dejándose en el tintero otros campos, el económico sobre todo.

De entrada, ¿va a cargarse la reforma laboral de Rajoy, como prometió y de lo que no ha vuelto a hablar? Porque si cree que los representantes de Iglesias en su gabinete son menos duros que él está muy equivocado. Al menos los nombres que circulan no lo son.

Irene Montero es no sólo su pareja de hecho, sino también política, y Echenique, tras su calma, puede ser más radical que él. Y ambos, más inteligentes. Sin que se vean lastrados por el afán de protagonismo de Iglesias, que le ha hecho perder más de una oportunidad.

Temiéndoselo, Sánchez ya ha exigido «elegir sin imposiciones» los ministros de Podemos. Algo que Iglesias reclama. Con lo que regresamos al punto de partida: ¿coalición o cooperación? Ambos alardean de «gobierno de progreso».

Pero pudiera ser que tengan una idea diferente de «progreso». Para Iglesias, significa izquierda pura y dura: subida de impuestos para cubrir el aumento del «gasto social» y todo lo que ello significa. Mientras Sánchez parece inclinarse cara vez más hacia el centro, cuando no a la derecha.

Por no hablar del problema catalán, donde han mantenido posiciones opuestas, al menos de boquilla, aunque en la práctica apenas se diferencian.

En cualquier caso, a Sánchez lo que más, o único, que le interesa es seguir siendo presidente. Que es precisamente lo que Iglesias no quiere. Quiere, por lo menos, cogobernar.

Jose María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor