» MI PERSONA » Y LA VERDAD

Acaba -o no, si se apuesta por dividir el voto conservador- la problemática etapa de «Mi Persona» en su Moncloa. El experimento jamás pudo haber salido bien, porque partía de una aberrante traición al país.

Solo ocho meses después de un golpe de Estado separatista, frenado con un 155 al que Sánchez se sumó, el líder del PSOE se permitió la felonía de llegar al poder tras conspirar en secreto con los partidos independentistas que acababan de intentar partir España.

A pesar de la sobredosis de propaganda que hemos sufrido, okupar La Moncloa de manera abyecta empañaba toda la ejecutoria de Sánchez. Simplemente no se puede gobernar España siendo rehén de sus mayores enemigos. Supone un absurdo y no hay marketing foteril, ni NODO de Rosa María, que puedan camuflarlo.

Pero además de ese vicio en origen, que lo invalidaba ya por completo, el experimento Sánchez instauró una práctica muy nociva: intentó convertir la mentira en una moneda de cambio homologable en política. Durante unos meses le funcionó, logró bailar en el alambre.

Hasta que llegó tan lejos con la infamia de los «relatores» que fue frenado por la presión interna del PSOE y por la inmensa protesta ciudadana de Colón, que le obligaron a explicitar su obligado compromiso con la Constitución (rompiéndose así su feliz compadreo con los sediciosos catalanes).

Por último, había un factor de piel que hacía cargante al personaje. Un inmenso ego, que frisaba la rampante chulería. Un político tan encantado de haberse conocido que se llama a sí mismo «Mi Persona» y «el Presidente», como volvió hacer cuatro veces ayer. Un ridículo que creíamos reservado a sátrapas estrafalarios.

Pero lo peor ha sido su pésima relación con la verdad (eufemismo que empleo para no hablar de su afecto por la mentira). El discurso de convocatoria de elecciones supuso un ejemplo perfecto. Salió casi a trola por párrafo.

Presumió de haber traído «una RTVE objetiva y plural», frase digna de risas en off, como en las viejas telecomedias. Se jactó de un Gobierno «abierto y ejemplar frente a uno asediado», cuando estos ochos meses han sido un recital de sectarismo y escándalos.

Presumió de «un compromiso firme con el saneamiento de las cuentas públicas», cuando el Banco de España llegó a acusarlo de trucar los ingresos en sus presupuestos. Se ufanó de la «consolidación del crecimiento y la creación de empleo», cuando es un hecho empírico que bajo su batuta ya han empeorado.

Acusó a la oposición de «filibusterismo» parlamentario, cuando él protagonizó el mayor facazo por la espalda a un Gobierno en 40 años de democracia. Se pavoneó hasta de haberse ocupado del reto -cierto e inmenso- de la digitalización y la revolución tecnológica, cuando lo único que ha hecho al respecto es nombrar a un ministro astronauta que nunca bajó del espacio sideral.

Luis Ventoso ( ABC )