MIEDO

Es, sin lugar a dudas, la emoción que mueve el mundo y especialmente éste nuestro, porque desde hace tiempo en España se expande a una velocidad preocupante. Lo fomenta quien debería combatirlo. Se utiliza desde el poder para perpetuarse en él. Se azuza utilizando las pantallas. Se impone a pedradas en las calles.

Se alimenta con amenazas por personajes siniestros con poder institucional. Se amplía hasta lo infinito en lo que atañe al qué dirán y hay quien sucumbe a él sin mostrar vergüenza alguna, porque ser miedoso está bien visto ahora que lo llaman «prudencia».

El miedo a lo que pudieran hacer unos cuantos independentistas violentos ha alterado la agenda del Rey y de la Princesa de Asturias en Cataluña, después de provocar el humillante aplazamiento del partido que debían jugar en la Ciudad Condal el Barcelona y el Real Madrid.

Los actos vandálicos que planeaban esos indeseables deberían haber sido impedidos recurriendo a la fuerza cuyo monopolio ostenta el Estado, pues precisamente para eso está. En lugar de actuar con firmeza, empero, el Gobierno ha preferido plegarse a la intimidación y agachar la cabeza.

El miedo ha podido más que la dignidad, la razón o el cumplimiento de un deber elemental. La fortaleza democrática ha cedido ante la coacción, con el argumento falaz de actuar con «moderación» (eufemismo empleado por Sánchez para referirse a la cobardía), a fin de no incrementar la tensión.

¿Logrará ese mismo miedo impedir que los no independentistas acudan libremente a votar el próximo día 10? Es evidente que ésa es la pretensión de quienes agitan su fantasma en esta recta final de la campaña, hablando de ocupar los colegios y organizar «actividades culturales» en las proximidades de esos centros durante el sábado de reflexión.

Después de incendiar las ciudades, bloquear las comunicaciones e imponer una huelga salvaje en las universidades, la vanguardia armada del secesionismo gobernante se dispone a impedir el normal desarrollo de la jornada electoral, sembrando el terror en las almas de cuantos no comulgan con sus delirantes «ideas».

¿Cuántos valientes se atreverán a desafiar el peligro de ser agredidos por esos vándalos? ¿Cuántos se arriesgarán a verse envueltos en algún jaleo si es que las fuerzas de seguridad se ven obligadas a intervenir para garantizar que se cumpla la Ley?

Si el mismísimo Gobierno de España retrocede ante su chulería, sea por falta de gónadas, sea por necesidad de complacer a sus socios y obedecer lo que manda Iceta; si la principal autoridad autonómica encabeza la banda de los matones y los jalea para que «aprieten»; si a los policías les ordenan aceptar mansamente que les agredan y a la Guardia Civil le impiden hacer su trabajo, ¿cómo pedir a unas personas de cierta edad, o a una familia con hijos, o a cualquier ciudadano decente, que se deje el miedo en casa y acuda a votar a quien le plazca?

Muchos lo harán, como ya hicieron en el pasado, recurriendo a un coraje enormemente meritorio. Pero otros, demasiados, optarán por la cautela. Son numerosos los que ya se han ido, igual que del País Vasco, en busca de una vida «normal», alejada de la violencia y el odio.

Fueron más de doscientos mil, cuyos hijos y nietos no han regresado. Los venció el hartazgo. Desistieron. Y el miedo acabó ganando por falta de masa crítica dispuesta a plantarle cara.

La historia se repite ahora ante nuestros ojos, mientras los responsables de evitar que acabe del mismo modo andan muy ocupados propagando el miedo a Franco, a ver si arañan papeletas. Ellos no dan miedo. Dan asco.

Isabel San Sebastián ( ABC )