MIEDO A GOBERNAR

No es fácil gobernar un país y mucho más difícil es gobernar España. Esta afirmación es una obviedad para cualquiera que nos conozca someramente, pero en estos momentos no estamos para hacer reflexiones sobre la idiosincrasia de nuestra sociedad sino sobre las obligaciones que acompañan al ejercicio del poder legítimo.

Los responsables del momento crítico que vivimos son, en primer lugar, el gobierno de la Generalitat, su parlamento y los movimientos sociales que les apoyan ejerciendo la violencia contra los no independentistas, la policía y la guardia civil,  pero eso no puede servir de disculpa a la inacción del gobierno de España.

Hasta ahora Rajoy ha buscado la ayuda de la oposición, el amparo de los jueces y  la buena voluntad de unos golpistas que no estaban dispuestos a cejar en su voluntad de delinquir, pero ha llegado el momento de que se enfrente, como jefe del ejecutivo, a sus obligaciones.

Rajoy tiene que ejercer como presidente de gobierno  porque le pagan para eso y además tiene la obligación de tomar alguna decisión ejecutiva sin buscar la muleta de los demás. No lo está haciendo y está desperdiciando la última oportunidad que le quedaba para demostrar que es un político merecedor de la función  constitucional que representa.

El panorama actual es el siguiente:

La policía y la guardia civil  está abandonada a su suerte en un ambiente hostil, las comisarías de policía rodeadas por manifestantes que les impiden  salir de ellas,   son expulsados de los lugares de hospedaje. Todo esto sucede bajo el aliento del  golpista Puigdemont que anima  a los ciudadanos para que acosen y rodeen a la guardia civil y a la policía,  con su petición de que se vayan de Cataluña, mientras que los mossos actúan como cómplices de sus fechorías.

En los colegios los niños de los no nacionalistas son acosados por los propios profesores, y sus madres sufren el ostracismo de sus vecinos. La mentira y la desvergüenza social y política se ha instalado en una sociedad que está tan enferma como sus dirigentes porque la locura supremacista  está presente en sus conciencias.

Mientras tanto Rajoy lleva meses  hablando de una respuesta proporcional pero no está cumpliendo con ese compromiso porque la desproporción la imponen los golpistas y sus secuaces.

Un presidente de gobierno debe actuar como un estadista y Rajoy no lo es. Le viene grande este momento histórico y no debe consolar a sus seguidores el hecho de que los líderes de la oposición sean tan mediocres como él, especialmente Pedro Sánchez que pide un diálogo con el golpista Puigdemont en vez de hacer piña para defender la legalidad  constitucional. Con Tejero no se dialogó y sus compañeros de aquella fechoría fueron detenidos, juzgados y condenados, pero en aquellos días el jefe de la oposición era un político que se vestía por los pies y el de  hoy es un cantamañanas irresponsable y oportunista.

Se dice que vivimos en una democracia de opinión pública y en esa coartada se escudan los que carecen de dignidad política para tomar decisiones amparadas por la constitución.

No quieren arriesgar nada y lo están arriesgando todo. Les importan más lo que dicen los periódicos a lo que dice las leyes y de esa forma el gobierno está consiguiendo que  España aparezca como un estado débil y sin liderazgo ante el reto más importante de su historia contemporánea.

Los gobernantes serios ganan elecciones, hacen pactos cuando pueden y toman decisiones cuando fallan los socios de gobierno o la opinión pública es contraria, y si se equivocan se marchan a su casa pero lo hacen con dignidad y la conciencia clara de haber cumplido con sus obligaciones.

Hemos pasado del eslogan “España nos roba” al de Cataluña nos chulea.

Diego Armario