» MIGRANTES «: SIGUE LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Llevamos meses viendo cómo la izquierda impone su sectarismo también en el lenguaje, que es una forma muy efectiva de conquistar la sociedad.

El pasado martes me quedaba pasmado al oír en COPE una entrevista a la superiora de una orden de monjas que hablaba de las vicisitudes que ha vivido su comunidad en Venezuela, cómo han ido allí a las manifestaciones en favor de Guaidó y cómo en esta hora sus hermanas están del lado colombiano de la frontera «ayudando a los migrantes que llegan de Venezuela». Hasta una monja cuya comunidad es víctima del chavismo ha adoptado esa expresión «neutra» y en auge: «migrantes».

Los partidarios del multiculturalismo han dado la batalla por imponer un término que facilita su objetivo de destruir nuestra sociedad según los términos en que la ha conformado nuestra cultura. La clave es hablar de «migrantes» como alguien que está simplemente viajando.

El inmigrante es alguien que está llegando a un destino. No queremos reconocer que nadie venga a quedarse aquí. Y de emigrantes no hablamos porque ya no hay nadie que se vaya de España a otros países porque aquí se vive demasiado bien como para arriesgarse a «migrar».

Pero al borrar el término emigrante y reducir unos y otros al neutro «migrante» estamos destruyendo la historia de varias generaciones de españoles que en las décadas de 1940, 1950 y 1960 salieron a Europa a ganarse la vida con enorme esfuerzo ante la imposibilidad de obtener para los suyos en España lo que necesitaban.

Fueron españoles que emigraron en autobús a Alemania, a Suiza, a Austria, a Francia con una maleta de cartón y volvieron conduciendo un mercedes y con una maleta de cuero. Y que allí donde trabajaron y criaron a sus hijos hicieron lo imposible por integrarse en las culturas locales y ser considerados uno más. Como mucho intentaron imponer una paella de vez en cuando para solaz y disfrute de sus vecinos. Nada más.

Ahora ya no hay inmigrantres en España. Las quince personas que han llegado abordo del Audaz no son inmigrantes, personas que llegan a un país extranjero para radicarse en él -según el DRAE-. Son migrantes, personas que se están trasladando del lugar en que habitaban a otro.

Aunque se asienten en España, para los que están ganando esta batalla léxica, seguirán siendo migrantes para evitar reconocer que han venido a quedarse y les hemos enviado un navío de la armada para traerlos con honores. Una vez más, se manifiesta una perversión del lenguaje, que suele ser una muestra de decadencia.

El 27 de julio de 1985 escribía en el «Sábado Cultural» de ABC un artículo el marqués de Tamarón titulado «De reala de catetos a colectivo de cursis» en el que ya presentaba muestras de esa perversión como por ejemplo el de «cuadrilla de bandoleros», que había sido relevada -hasta nuestros días- «por el pretencioso eufemismo de «comando» -en general de etarras»-.

Y recordaba cómo «la depauperación del repertorio se agrava al imponerse uno de los fetiches verbales más conspicuos de nuestros días: el colectivo» del que advertía que «huele a soviet». Pero ya hace 34 años, cuando Tamarón publicó ese artículo se había impuesto decir que «un colectivo de prostitutas protesta o un colectivo de analfabetos escribe un manifiesto».

Y esa victoria sigue vigente porque no damos las batallas que hay que librar por defender nuestra cultura asediada.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )