Con la negativa de Pedro Sánchez a convocar -tampoco en 2022- el debate sobre el estado de la nación, serán ya siete los que lleve el Congreso de los Diputados sin celebrarlo. Será el cómputo prácticamente de dos legislaturas completas.

Puede entenderse que en las extrañas circunstancias de bloqueo político que se produjo durante la última etapa del Gobierno de Mariano Rajoy, y también después de la moción de censura, con un Ejecutivo fallido de apenas unos meses y con Pedro Sánchez al frente, ese debate no tuviese lugar.

Sin embargo, hoy no hay justificación suficiente. Junto al debate de presupuestos, la principal ley de cada Gobierno, el debate de la nación se configura como el acontecimiento parlamentario más relevante.

Es cierto que no hay obligación formal de ningún presidente de convocarlo. Sin embargo, forma parte de una tradición que permite hacer una disección completa de cada gobierno, de sus socios y aliados, y también de la oposición.

Con su clausura, que eso es lo que está ocurriendo en España a fuerza de no convocarlo, se está hurtando a la ciudadanía tomar el pulso formal, en la sede de la soberanía nacional, del estado real de nuestro país. Y no solo político o económico, sino también anímico, que es importante.

Con la excepcionalidad de dos años de estados de alarma alternos, con una pandemia en su sexta ola, y con un país derruido económicamente, no tiene lógica que Sánchez se siga empecinando en no rendir cuentas en un debate tan extraordinario y simbólico.

No es solo un debate político al uso. Confiere normalidad a nuestro régimen democrático porque así lo quisieron todos los presidentes anteriores, de uno y otro signo político. Y sobre todo, es un debate esclarecedor al que Sánchez se niega a hacer frente, camino de ser el primer presidente que se niegue a convocarlo.

En el fondo, esta negativa representa mucho más que una reticencia basada en el tacticismo oportunista. Representa un desprecio al Parlamento, una ocasión perdida, y otro indicio autoritario de su manera de concebir el poder.

Más allá de la palabrería hueca propia de todo gobierno que se precie a la hora de hacer propaganda de su actividad, lo cierto es que Sánchez quiere negar bazas a la oposición. Los números le delatan. Y no solo los que se corresponden con una inflación que empieza a ser estructural.

Son los números que de verdad le preocupan, los de las urnas, los que le retienen: el fracaso del PSOE en todas las elecciones celebradas desde que ganó en noviembre de 2019 es palmario. En Galicia, el PSOE quedó relegado a tercera fuerza tras el BNG.

En el País Vasco se convirtió en partido sostén del PNV, y ahora también de Bildu. En Cataluña, donde ganó en escaños, Salvador Illa va camino del ostracismo, ya que ni puede gobernar en un tripartito con ERC y los Comunes ni condiciona la gobernabilidad. Y en Madrid, Isabel Díaz Ayuso arrolló al PSOE, que permitió incluso que Más Madrid lo adelantase.

Quedan los comicios de Andalucía como prueba del siete que mida el estado real del PSOE. Lamentablemente para el socialismo, las urnas sí se están convirtiendo en el auténtico debate sobre el estado de la nación para Sánchez, que además debería tomar conciencia de que su drástica crisis de gobierno del pasado julio ha sido inservible para reforzar su gabinete.

Atrás queda la demagogia, cuando Sánchez y Podemos se comprometieron por escrito a celebrar un debate de la nación anual.

Otra entelequia de las muchas del sanchismo.

ABC