MILAGRO

¿Hablamos de eso? Todo el mundo sabe que ese es un derecho que no cabe en la Constitución de 1978.

Ha hecho fortuna la idea de que el desvarío catalán ha devenido en cordura. La creencia predominante es que los independentistas más flamígeros, ya sea por el poder catártico de la experiencia carcelaria o solo por el miedo a sufrirla, han abandonado la vía unilateral, han desprovisto de urgencia sus demandas republicanas y se muestran dispuestos a transitar en el futuro inmediato por la senda constitucional. Todos contentos.

Contento el Gobierno por haber dispensado las 155 dosis del bálsamo de fierabrás en el momento adecuado. Contentos PSOE y Ciudadanos por haber respaldado su prescripción. Contentos los independentistas por haber conseguido que su causa haya llegado más lejos que nunca ante la atenta mirada del universo mundo. Y contentos también los comunes, que es como se hacen llamar los podemitas con barretina, porque en el nuevo orden parlamentario que surgirá de las elecciones de diciembre ellos están llamados a desempeñar un papel determinante en el desarrollo de la trama.

Añádase a ese cuadro general el alivio ciudadano por la rebaja de la tensión y alcanzaremos la visión completa del optimismo que se ha apoderado súbitamente de la escena pública durante los últimos días. No seré yo quien rompa el hechizo. Aunque no comparta del todo el criterio buenista de que el peligro ha pasado, reconozco el cambio de paisaje. Y eso, en política, ya es mucho: así es si así os parece.

Forcadell, la sacerdotisa del procés que apostató del dios de la independencia ante los ropones del Supremo, ha sido redimida por ERC y la CUP. Junqueras la ha acogido en el número cuatro de su lista y Benet Salellas ha declarado públicamente que si él hubiera estado en el pellejo de la presidenta del Parlament, entre las puñetas del inquisidor y la amenaza de la cárcel, hubiera cantado hasta sevillanas. En la otra lista, la del PDeCAT con capucha a lo Fuenteovejuna, la presencia de Jordi Sánchez también redime a Puigdemont de su escaqueo carcelario. Diríase que a pesar de las listas separadas la unidad de acción del bloque sedicioso permanece a salvo.

A la vez, habida cuenta de los golpes de pecho que han protagonizado casi todos los prohombres de la rebelión en la última semana, lo lógico es pensar que esa unidad de acción contempla estrategias distintas a las usadas hasta ahora. El amplio consenso en torno a la idea de que no estaban preparados para gestionar la independencia, ni para hacer frente a la respuesta del Estado -que ellos califican con una selección de adjetivos propios del carcaj de las dictaduras- sugiere que se ha acabado la vía de la unilateralidad.

La consecuencia es palmaria: a partir del 22-D comienza una nueva era marcada por el diálogo y la negociación. Adiós trágalas. Hola, política. Así suena la esperanzada partitura de la canción que han comenzado a entonar unos y otros en ambos extremos del 155. Cualquiera que desafine se convertirá en la oveja negra del coro, en el esquirol de la ilusión colectiva. Líbreme el cielo de ejercer ese rol de cenizo cabezota.

Así que hablemos hasta quedar afónicos. ¿De la liberación de los presos? Si es para darle a su libertad carácter preventivo, hablemos. ¿Del levantamiento del 155? Si hay garantías de respeto a los mandamientos constitucionales, hablemos. ¿De la restitución del Gobierno legítimo destituido por iniciativa de Rajoy? Si esa es la voluntad mayoritaria del nuevo Parlament, hablemos. ¿Del reconocimiento del derecho a decidir? Oh, cielos. ¿Hablamos de eso? Todo el mundo sabe que ese es un derecho que no cabe en la Constitución de 1978. ¿Hablamos de abrirla en canal, entrar a saco en el artículo 2 y cargarnos el principio angular de que la soberanía reside en el conjunto de la nación española?

Pincho de tortilla y caña a que ese es el menú de la conversación que se anuncia como único modo de salir del lío en que nos hemos metido. Y se trata, sin duda, de una conversación condenada al fracaso. Bonita esperanza la que nos saca de un callejón sin salida para meternos en otro. Con esperanzas así, ¿para qué queremos los milagros?

Luis Herrero ( ABC )

viñeta de Linda Galmor