Mientras el mundo se convierte en una «aldea global», los nacionalismos proliferan. Y como el pasado aquí abunda, todos reclaman título de histórico. Resultado: España se diluye en mininaciones que piden autovías, paradores, financiación, a cambio de los votos de sus congresistas, que en algunos casos es sólo uno. Pero decisivo en ciertas votaciones.

Esta desintegración en cadena debería preocuparnos tanto o más que el cambio climático o la inmigración ilegal, pero se celebra y premia con líderes locales cada vez más populistas. Pronto regresaremos no ya a los cantones de la Primera República que se declaraban la guerra, sino a la aldea autónoma, con su gobierno, estatuto, bandera, escudo e himno. Pidiendo al Estado que lo subvencione.

Habiendo vivido y sufrido los rigores del centralismo, he defendido siempre una administración lo más cercana posible al ciudadano. Pero eso no significa violar la igualdad de todos los españoles, que causa injusticias tan grandes como la que, al parecer, se han dado en los exámenes de acceso a las carreras universitarias en las distintas autonomías. El Estado-nación ha sido uno de los instrumentos más valiosos para el desarrollo tanto económico como democrático de los países y debe conservarse mientras no se consoliden unidades mayores, como la Unión Europea.

Mientras el patriotismo -amor a la tierra que te vio nacer, a sus tradiciones y gentes- es positivo, el nacionalismo tiene el ingrediente de odio al otro, causa de tantas guerras. Llevado a su extremo, como empieza a ocurrir en España, se convierte en secesionismo improductivo, pues las grandes obras sólo pueden emprenderlas los países con un objetivo común.

Ese regreso al nacionalismo más elemental que se nota en Europa y en España ha degenerado en aldeanismo pueblerino, y no anuncia nada bueno. De las mininaciones se aprovechan solamente los astutos, los marrulleros, los perillanes, como hemos tenido abundantes ocasiones de comprobar en las comunidades autónomas.

Que no hemos aprendido de ello lo demuestra el aumento de su poder e influencia en el Estado, incluido el nombramiento del gobierno central, siendo, como son algunas de ellas, superfluas. No apunto con el dedo, por ser de mala educación, aparte de crear aún más roces de los que ya hay.

Ya que la doble crisis, pandémica y económica, nos introduce en una nueva era, donde habrá que hacer cambios sustanciales, me gustaría que se abordara esta cuestión. Pero me voy despidiendo de ello al ver no sólo más partidos en liza, sino luchas internas dentro de ellos.

¿Cómo vamos a abordar problemas como el territorial, el sanitario, el ecológico, el educativo, el energético y tantos otros? Porque la electricidad la quieren todos. Y barata. Pero no en su corral.

Ese es un nacionalismo de perra gorda, como se decía antes.

José María Carrascal ( ABC )