MINISTERIO DE IGUALDAD Y EXCLUSIÓN

Cuando dentro de unos años se pueda examinar con una mínima perspectiva y con la obligada asepsia ideológica la reciente historia de España, el caso de Irene Montero sería suficiente para explicar las contradicciones de la contracasta que nos gobierna.

Que la ministra de Igualdad sea la pareja de un vicepresidente del Gobierno es, en plan lista cremallera, lo más paritario que se ha visto desde Isabel y Fernando, a cuya empresa unionista los cabecillas de Unidas Podemos contraponen, cinco siglos y pico después, un planteamiento disgregador basado en el igualitarismo. ¿Hombres y mujeres? No. Gente decente y fachas. La mitad sobra.

La presentación en sociedad del equipo elegido por Montero para desarrollar la política que la ha llevado donde está no fue el acto integrador, e igualitario, por seguirle la corriente, que la sociedad podía esperar de sus gobernantes, sino un desinhibido manifiesto por la exclusión y la persecución.

La ministra está convencida de que «la derecha» y «también los hombres más poderosos» han declarado la guerra a las mujeres, víctimas de «la más salvaje de las violencias» que practicaron sus predecesores, en referencia a un franquismo que no podía faltar en la sopa, que es de sobre.

El récord del contradiós, con una marca que pulveriza sus anteriores registros, lo alcanzó Montero al acusar a la derecha -extrema, apuntó, como el que hace distingos- de la «destrucción del común». Lo dice quien pone cara de mitin cubano para señalar a la mitad de los españoles. ¿El común? No. Lo que quede después de la limpia.

Fue Noelia Vera, secretaria de Estado, la que con sosiego y mano izquierda abrió una puerta a la esperanza y la integración al asegurar que «con las bombas que tiran los fanfarrones nos hacemos las gaditanas tirabuzones», oportuno guiño al diálogo con el heteropatriarcado del odio y a esa coquetería femenina que sobrevive en las peores condiciones bélicas.

Jesús Lillo ( ABC )