Las múltiples y variadas obligaciones y, sobre todo, los deberes extraordinarios que se imponen a los miembros de las Fuerzas Armadas convierten necesariamente a la relación de servicio, en un caso singular dentro de las hipótesis que plantea el derecho, puesto que posee características únicas que la distinguen de cualquier relación laboral.

La misma Constitución concede a los militares, en esta materia, un trato de excepción, y no porque se les otorgue privilegios, sino al contrario, porque se les considera sujetos a un régimen mucho más riguroso al mermarse varios de los derechos constitucionales.

Esto significa que, probablemente, su jornada de trabajo diurno sea mayor de ocho horas que la nocturna pueda exceder de siete horas; que quizá no puedan gozar del día de descanso semanal; que el periodo vacacional puede ser menor; que, por supuesto, no tienen derecho de afiliación, coligación, y ni mucho menos, de huelga que pueden ser compelidos a cumplir sus deberes en lugares insalubres y naturalmente, en sitios peligrosos en fin, como ya se mencionó, que tienen la obligación estricta de poner toda su voluntad, toda su inteligencia y todo su esfuerzo al servicio de la Patria, ya que deben llevar el cumplimiento del deber basta el sacrificio, anteponiendo al interés personal, la soberanía de la nación, la lealtad a las instituciones y el honor de las Fuerzas Armadas.

La clase de tropa, especialmente, es un chollo y la gestión estratégica de personas en el MINISDEF un desastre. Barata, sin derechos laborales, obligada a cumplir órdenes por aberrantes que sean, y «todo camino»: igual sirven para un incendio en el bosque que para rastrear contagiados de covid-19. Han faltado mascarillas en los cuarteles.

Han faltado las distancias de seguridad. Y no se ha sabido. Un oscuro velo tapa la realidad del soldado que sólo se descorre tras colocar brillantes correajes o un distintivo «Operación Balmis» a algunos de ellos para que salgan bien en la fotografía.

Ya es hora de que se revise el papel real de la clase de tropa, que se les considere ciudadanos de uniforme, que en tiempos de paz no se les trate como si todo ocurriera en tiempo de guerra, que se les pague dignamente y que no se les obligue a cumplir con tareas para las que ni están preparados ni son debidamente remunerados. En definitiva, que se les trate como ciudadanos de valor y con una tarea especial. Ciudadanos de uniforme.

Y que se acabe con esta utilización de la clase de tropa como trabajadores «comodín». Porque el día menos pensado los veremos conduciendo trenes, guardando el orden público, atendiendo a enfermos o cualquier otro campo social en el que la impericia, la avaricia o la mala fe de la clase política haya abierto un boquete descomunal, como ha ocurrido con la sanidad pública, desmantelada por años de recortes.

Los militares no son policías, ni enfermeros, ni maquinistas. Pueden y deben ayudar en momentos de crisis. Pero pasada la crisis, habrá que aplicar los caudales públicos a remediar las causas que la provocaron. Y a premiar a los soldados con emolumentos extraordinarios paralelos a la labor que vienen desarrollando.

Y a rehabilitar el maltrecho edificio de un Estado de bienestar donde parece que sólo están bien algunas personas a las que el bienestar general les trae al pairo.

Tte. Coronel Enrique Area Sacristán ( El Correo de España )