Ministras: el niño del coro.

Juramentos ante su Majestad, traspaso de lagartos. Ya dijeron que sin esperanza se halla lo inesperado. Se estrena un Gobierno que anuncia consenso, Europa, Constitución. A pesar de los buenos augurios, no todo el mundo es feliz. Como dijo un viejo exiliado, cuando el PCE sacó tan pocos diputados en las primeras elecciones: «Para los rojos los nuestros no llegan nunca». Pablo Iglesias se siente burlado porque el nuevo Gobierno sonríe al PP y a Ciudadanos y Pedro Sánchez se olvida, en 24 horas, de quién le ha hecho presidente. Te queda mucha mili, Pablo.

Temíamos que el Gobierno de Sánchez apoyado por los separatistas nos llevara hacia la torre de Babel, y, a las diez horas, los primeros que han mostrado su rechazo han sido los independentistas. Junts per Catalunya -que no rechistaron cuando se publicaron los comentarios racistas de Quim Torra– ha exigido que no tome posesión Màxim Huerta por sus palabras denigrantes, machistas, xenófobas en las redes sociales. Otegi ha tuiteado: «Borrell para desinfectar Catalunya y Grande-Marlaska, que entre otras cosas me encarceló, a Interior. Mensaje recibido».

Los compañeros de viaje no sirven ya para ese eficaz spot electoral y los 100 días de la gracia, invento de Roosevelt. Se ha iniciado una ingeniosa campaña mediática, el arranque de un nuevo impulso que llevará al PSOE al protagonismo que había perdido. Pero no nos engañemos, el asunto esencial de este Gobierno es y será para todos, Cataluña. Como en las coplas de Jorge Manrique podríamos decir: «¿Qué fue de tanta invención como trajeron? / ¿Qué fueron sino verduras de las eras?».

Otra gran noticia es que España ha batido un récord mundial: 11 ministras. El acierto es haber recogido en su elenco las mujeres que van a tomar el poder después de muchos siglos en las que se les culpaba de ser el origen del pecado. Hoy el feminismo es la segunda ideología entre los jóvenes. Más dotadas para lo real, para la compasión, más fuertes ante el dolor, más enemigas de la guerra. El salto histórico lo inició Zapatero con la Ley Orgánica de Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres. Ya no quieren parecer mágicas, aspiran a la igualdad definitiva. En 1931 conquistaron el derecho al voto.

Las culparon de haber entregado el Gobierno a las derechas en las elecciones, por influencia de los confesores y de los partidos nacionalistas. Azaña ironizó: «Hay dos mujeres (Clara Campoamor y Victoria Kent) y ni por esas se ponen de acuerdo». Las mujeres después aprendieron a rebelarse. Pensaron como la poeta Emily Dickinson: «Yo guardo el sababath quedándome en casa. Con un petirrojo como niño del coro. Y un jardín como cúpula».

Raúl del Pozo ( El Mundo )