MIRANDO HACIA ATRÁS SIN IRONÍA

Si el PSOE tuviera la astucia de difundir en vídeo la intervención de Albano Dante Fachín en el pleno del Parlament el día 26 de octubre podría dar un golpe político mortal a Podemos en toda la España no catalana. Me refiero a difundirlo a conciencia, día y noche, en pantallas gigantescas puestas ex profeso, contratando espacios publicitarios en radio y televisión, haciendo retumbar el suelo de las plazas con los gritos del tal diputado mientras movía el dedo índice como un dardo que fuera a lanzar contra sus oponentes.

Ojo, sus oponentes no eran los sostenedores del Govern catalán, esos tipos que se habían saltado hasta sus propios reglamentos para hacer lo que les daba la gana, sino los diputados de la oposición a la que él decía pertenecer. Se diría que, incluso, dirigió su sobreactuación contra algunos miembros de su mismo grupo, pues su discurso se pareció al de Lluís Rabell como un huevo a una casa de campo. Fachín, argentino nacionalizado español, se subió al estrado para acusar entre sudores y espumarajos a toda la oposición, sobre todo al PSC, de ser sostenedora de un franquismo eterno.

Sorprende que alguien tan progresista sobreviva en un Estado tiránico cobrando del erario público, asombra que fuera capaz de jurar o prometer la Constitución fascista sin hacerse luego el harakiri por un problema de conciencia. Podríamos pensar que es un agente doble, pero ya sabemos que no es así, pues en España los oprimidos cobran dietas y salarios de lujo (como fórmula del sistema para eliminarlos a golpe de colesterol, seguramente), las regiones más ricas sufren opresión de las pobres, que les enviaron hordas de trabajadores para dominar sus fábricas y cocinas, e insignes izquierdistas se apellidan Fachín. La cosa tiene guasa sí, pero viendo cómo la derecha catalana, la que comulga con la madre superiora y su marido Jordi Pujol, aplaudía con ardor revolucionario al orador catalano-argentino uno se preguntaba si su apellido no habría merecido un aumentativo.

Pablo Iglesias ha entrado en la flecha del tiempo para recorrerla del revés, como si el lado fachín de su movimiento se le hubiera subido a la cabeza, mientras gentes más inteligentes pero menos listas, como Bescansa Errejón, son la grasa que sobra. Si al principio se empeñaba en copiarle el aire transversal a quien tanto había denigrado, léase Rosa Díez -incluso con escraches universitarios que no sabemos si mejoraban la nota de los alumnos participantes a final de curso-, ahora se enclaustra en la revuelta por la revuelta, a medida que va dejando atrás, con coletazos devastadores, a sus antiguos amigos.

“Contra Franco vivíamos mejor”, decía Manuel Vázquez Montalbán. La sentencia era pura ironía para definir la zozobra de cierta izquierda al perder el referente de un enemigo de cuerpo entero, el régimen contra el que había dirigido toda su energía y actividad, una suerte de reconocimiento de la orfandad de quien deja de ver clara la diana con el advenimiento de la democracia. Con la aprobación de la constitución, a esta izquierda le quedaba todavía mucho terreno por conquistar, más y mejor democracia y más y mejores servicios públicos, por ejemplo, pero era más bien un camino de horizonte legal, parlamentario y diverso, lo que producía un vértigo comprensible en quienes habían vivido movilizados contra algo verdadera, intrínsecamente maligno e identificable con un solo individuo, el tirano.

Podemos apareció de repente en las pantallas de televisión y las demoscopias de los periódicos gracias a su hábil diagnóstico de la corrupción y del reparto injusto de las desgracias durante la crisis que dio pie al 15M. Supo elaborar un mensaje eficaz a partir de la mirada de la mayoría de la población y poner las gafas de la realidad a quienes no querían verla. Incluso los que no se hallaban a la izquierda del PSOE percibieron sensatez en la retórica de un grupo de dirigentes que pusieron palabras al desconcierto de gran parte de la población frente a la cháchara ensimismada de los partidos mayoritarios. El tiempo ha demostrado que Podemos vivía mejor contra la crisis, y a estas alturas ya debe de saberlo, pero carece de un intelectual o analista que le ponga distancia a la tragedia, ironía mediante, seguramente porque Pablo Iglesias prefiere los consejos del espejo, que tiende a dar respuestas solemnes.

A medida que la crisis iba menguando, Podemos empezó a mostrar un rostro folklórico chocante. Resultaba raro ver a unos tipos tan jóvenes, la mayoría nacidos después de la muerte de Franco, cantando L’estaca de Lluís Llach desde la tarima de sus mítines, como si desearan que irrumpieran los grises en el pabellón deportivo. Pero solo aparecían vecinos que se quejaban del ruido. Era difícil evitar la impresión de que se estaba asistiendo a un ejercicio vintage, como si aquellos chavales en realidad se hubieran congregado para emular el mayo del 68. Con la canción de Ismael Serrano surgiendo de los altavoces ya sabías que la impresión era certera: “Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo, y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana, y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda…”.

Frente al futuro, que es el lugar inevitable del progreso, Podemos prefería relacionarse con un pasado al que miraba no con horror, sino con añoranza -estudiantes con flequillo, pantalones de campana, niñas en minifalda-, como si fuera una película que apeteciera volver a ver, despojándolo de su carga trágica, al pasarlo por ese tamiz romántico propio de los movimientos reaccionarios que no logran poder político porque se conforman con la visión adulterada de su propio ombligo.

Con el problema catalán han vuelto a mirar hacia atrás para buscar una postura y la han encontrado. Viene a resumirse en lo siguiente: a Franco no le gustaban los nacionalistas catalanes, a nosotros sí. Y han apoyado casi sin matices a quienes pretenden alejarse del resto de España merced a una serie de prejuicios y consignas egoístas, por decirlo sutilmente (Espanya ens roba). Lo hacen seducidos por el 36, fecha a la que despojan de su significado sangriento.

Confunden la batalla de las redes sociales con una guerra civil, como si una campaña beligerante de Twitter pudiera trocar en victoria una derrota republicana desastrosa, pero que ya fue y no se puede cambiar, y también con la idea delirante de que el conflicto catalán podría reproducir el 15M, olvidando la transversalidad de aquella agitación callejera y sus motivaciones puramente económicas. ¿Qué ciudadanos iban a indignarse hoy y tomar las plazas para defender el proyecto pancista de la liga norte española, también llamada Junts Pel Sí?

Algunos pensábamos que la izquierda tenía una plantilla para analizar la realidad, y que esta se basaba en lo material, de manera que la igualdad se ponía como fin último de unas convicciones que desconfiaban de cualquier humo patriotero, más si éste se promovía desde las regiones con mayor riqueza. Si la crisis económica hizo posible el nacimiento político de Podemos, gracias a su buen cálculo y definición de ciertas claves del problema, con la crisis catalana el invento se ha asomado al mismo precipicio que Puigdemont y los suyos, porque los ha acompañado en el viaje con fanática ceguera.

No solo ha adoptado el relato del nacionalismo identitario sino su mismo teatro, celebrando todas las performances diseñadas por éste, desde la denuncia de la detención de los Jordis, con carteles inclusive, hasta el aplauso de la declaración de independencia por algunos miembros del partido, desde el monólogo victimista en el que el Estado es siempre represor, reprima o no, hasta la queja que mezcla torticeramente el poder ejecutivo con el judicial en el encarcelamiento provisional de Junqueras y demás.

Si el sorpasso electoral no fue posible cuando Podemos difundía un discurso que hablaba de la frustración de la mayoría, me temo que ahora que lo hace para una minoría privilegiada, que no ha sabido medir el alcance penal de sus acciones contrarias a la ley, el intento puede terminar en memorable tortazo. Cuando esto ocurra, incluso antes de que lo haga, me veo a Fachín dándose el pase a la Esquerra o a cualquier otro movimiento similar que le permita seguir disfrutando del franquismo. Al tiempo.

Juan Aparicio Belmonte ( El Mundo )