Mas allá del debate abierto en torno a si el relativismo representa un elemento constitutivo esencial de toda democracia, lo que sí parece evidente es que de hecho en Occidente y sobre todo en España,  el régimen democrático al uso es relativista por los cuatro costados, con todo lo que ello comporta,  entre otras razones porque la cultura en la que está inmerso también lo es.

Ello quiere decir que partimos del supuesto de que la verdad y el bien no existen o se les da por desparecidos, como tampoco se cuenta con ningún tipo de absoluto que pudiera servirnos de asidero y apoyo referencial. Se dispone, eso sí,  de una  constitución, órgano jurídico en orden a la gobernación del estado  y que todo el mundo ha de  acatar, porque  se le otorga de forma apriorística  un valor absoluto, indiscutido e indiscutible  que le  sitúa por encima del bien y del mal, cuando en realidad no es más que un manifiesto pactado entre las fuerzas políticas, inspirado en el oportunismo  y sujeto a  intereses políticos del momento, por tanto subjetivo y relativista,  que no va más allá de ser un instrumento útil que posibilita las relaciones  entre los ciudadanos y favorece  la paz social, pero  que en manera alguna se identifica con  el  “deber ser” ni es expresión del derecho natural, ni de  la justicia objetivamente hablando; a lo más sirve de excusa para que un país pueda ser tenido como un estado de derecho cuando todos sabemos que es lo que está sucediendo  en España, donde las mayores tropelías tienen amparo constitucional.

Vivir bajo el paraguas constitucional no nos pone a salvo de un peligroso relativismo, ni impide que la voluntad de los políticos se convierta en la medida de todas las cosas. Al estar huérfanos de la verdad y el bien y no reconocer ningún fundamento ontológico ni de orden natural ni de orden sobrenatural, el estado queda bajo el capricho humano y la realidad entera acaba por ser no otra cosa que lo que  cada uno quiere que sea, por lo que al final todo resulta  igualmente valido.

En los regímenes democráticos relativistas, no es ya solo que se prescinda de la verdad omnímoda, sino que ésta es considerada incompatible con el sistema y por tanto un enemigo público a batir. ¿Cómo puede ser esto? No resulta fácil de explicar, pero vamos a intentarlo.

La democracia presume de ser el símbolo de la apertura y el pluralismo, donde tienen cabida todas las opiniones  que han de ser valoradas  por igual,  dando el mismo  valor al voto de la persona honesta que al de la depravada , lo mismo al de la persona sabia que al del ignorante, “cada persona un voto” se dice  y  esto  solo es posible, si no existe la verdad como criterio de discernimiento cualitativo, pues  de otra forma no se podría medir a todos por el mismo rasero,  ello sería injusto, sería absurdo.

Dado que el principio de igualdad es sagrado en una democracia pura y dura, no queda otra salida que arremeter contra la verdad que, por  no ajustarse a las exigencias democráticas, es vista como un contravalor despótico y soberanista. En este sentido Václav Havel pudo decir en su día que: «Si el pilar principal del sistema es vivir en la mentira, no es de extrañar que la amenaza fundamental para él sea vivir en la verdad. Por eso debe ser reprimida más severamente que cualquier otra cosa».

 Una vez  desaparecido el orden presidido por la verdad, lo único que nos queda es el desorden presidido por la mentira, que es preciso saber gestionar políticamente.  Difícil papeleta ésta con miras a la puesta en marcha de una sociedad donde los hombres y mujeres puedan vivir y relacionarse pacíficamente.

Pareciera que en semejante situación no cabe otra salida que llegar a un pacto ciudadano de no agresión, con el compromiso firme de respetar la libertad ajena, para que cada cual pudiera estar seguro que la suya iba a ser respetada por los demás. Los ciudadanos depositarían su confianza en los representantes del pueblo, quienes  se encargarían de ir  tirando como buenamente se pudiera, según las contingencias del país y de esta forma todos contentos.

Esto, no más, es lo que podría ofrecernos la democracia relativista de nuestro tiempo a todas luces insuficiente, dadas las profundas exigencias del ser humano tanto a nivel personal  como social, tanto a nivel material como espiritual. Los estados democráticos por su parte, que viven de las mentiras que ellos mismos se han ido creando, se ven obligados en cada momento a falsificar el pasado, el presente y el futuro.

Asunto éste del cual tenemos sobrada experiencia los españolitos de a pie, sin que hayamos movido un dedo por revertir la situación, oponiéndonos o cuando menos no apoyando a un sistema que nos mantiene alienados, obligándonos a vivir de mentiras, motivo por el cual  debiéramos sentirnos culpables también de lo que está pasando, pero este es un tema que dejamos aplazado  para la próxima ocasión.

La preguntas que todos debiéramos hacernos es si estamos dispuestos a ponernos de parte de la verdad y el bien  o del lado de  quienes la niegan, si vamos a optar  por comportarnos dignamente o preferimos ser unos cobardes  que nos contentamos solo con vivir hartos y morir de aburrimiento.

La democracia relativista  aparece ante nuestros ojos como un sistema político atractivo  debido a que cuenta  con todos los medios disponibles a su alcance para promocionar sus mentiras, pura propaganda la suya, que cuando se la somete al más elemental análisis  se queda en nada, porque todo es pura ficción.

A esta misma conclusión llegamos si reparamos en los frutos que a lo largo de los años se han ido cosechando: injusticias, depravaciones, corrupción, sin olvidarnos del terrorismo de estado, vaciamiento espiritual, inmanentismo materialista, pérdida de los valores familiares y patrióticos, deshumanización,  adoctrinamiento educativo, engaños, mentiras, abusos de poder ….

Precisamente a esto último quisiera referirme, porque el relativismo es primo hermano del despotismo más o menos encubierto y maquillado, tal como lo advirtiera en su día el papa Juan Pablo II en su (carta encíclica “Centesimus Annus”, n. 46) al decir: “Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Juan Pablo II,).

No podía ser de otra manera.  Cuando por encima del ansia de poder insaciable de los gobernante no existe un freno que les controle, éstos tarde o temprano acabarán siendo unos déspotas.

Lo hemos visto a lo largo de la historia y lo estamos viendo actualmente con la  implantación del pensamiento único, con la imposición legal de la doctrina antinatural de la  ideología de género y de forma sobreabundante en España  con la ley de memoria democrática, que trata de elevar a la categoría  de verdad histórica nacional inapelable lo que es una vulgar patraña y es que cuando la verdad  ha desaparecido, el espacio que ha quedado vacante acaba tarde o temprano siendo cubierto  por la mentira.

El mismo hecho consagrado en las democracias de imponer con razón o sin ella, la voluntad de las mayorías sobre las minorías y hacerlo sin el menor respeto, no deja de ser una clara manifestación de despotismo.

 El régimen que actualmente padecemos, ha sido sin lugar a dudas, sacralizado y mitificado en extremo, haciéndole pasar por lo que no es y si algo se necesita urgentemente es una autocrítica que nos permita colocar las cosas en su sitio.  Antes de nada, debiéramos comenzar por cuestionar esos mitos con los que se ha pretendido adornar a un sistema que tiene como última razón de ser el oportunismo al más puro estilo maquiavélico.

Oportunistas son los partidos que le dan cobertura, los cuales solo piensan en llegar al poder y mantenerse en él acosta de lo que sea, alimentando así la   eterna e infernal dialéctica del “ quítate tú para ponerme yo”.

El régimen democrático relativista pasa por ser el estado de derecho modélico  y uno se pregunta ¿cómo puede ser esto si las leyes democráticas son fruto de la arbitrariedad de los parlamentarios, sin el menor respeto a la ley natural, tal y  como sucede en el caso del aborto?  De  este sistema se dice también que es garante de las libertades personales.

Esto puede ser cierto si de lo que estamos hablando es una libertad sin compromisos que permite hacer a cada uno lo que le venga en gana y lo único que se le exige es que no entre en colisión con la libertad de los demás, pero una libertad así, había que denominarla más bien libertinaje, si es que queremos hablar con propiedad.

De la libertad de expresión, mejor no hablar, tan solo decir que los pocos medios de comunicación contrarios al régimen están proscritos y son semiclandestinos, no digamos nada de los periodistas cualificados, franco-tiradores bien cualificados, que se resisten a someterse a todos servilismo político, como es el caso de Eduardo García Serrano al que se le niega el pan y la sal.

Dícese también de la democracia relativista que es tolerante y abierta; que se lo cuenten a los patriotas que  se están pudriendo en la cárcel por lo acontecido en la librería “Blanquerna” en Madrid.

Naturalmente por encima de todas las virtudes que se le atribuye  a la democracia relativista está la de defender a capa y espada el principio de la separación de poderes : legislativo, judicial, y legislativo y no seré yo quien niegue que  esto sea una virtud, lo que sucede es que una cosa es predicar y otra cosa es dar trigo, una cosa es la teoría y otra bien distinta es la práctica, por lo que cabe decir, al menos por lo que respecta a España, que en cuestiones de  ejemplaridad jurídica, nada de nada, o es que acaso vamos a negar que existe un malestar generalizado por lo que a este tipo de cuestiones se refiere y no estoy pensando en el caso del Emérito ni en la cuestión  de los separatistas que tanto están dando que hablar.

En fin, pienso que con lo dicho hasta aquí hay motivos suficientes como para pensar que no vivimos, ni mucho menos, en el mejor de los mundos posibles y que es hora ya de que la ciudadanía vaya despertando.

Ángel Gutiérrez Sanz ( El Correo de España )