EL MITO DEL AL ANDALUS.

Ha dedicado Serafín Fanjul varias obras a desmontar la interpretación idílica de la Hispania musulmana, esa que por ignorancia de lo sucedido en la Península entre los siglos VIII y XV quiere ver en Al Andalus una arcadia donde convivían de manera pacífica tres religiones y en la que el arte, la ciencia y la cultura alcanzaron las mayores cotas de desarrollo jamás conocidas. Pero ni hubo tolerancia ni nadie la pretendía. Durante el tiempo que tardó en islamizarse por completo el territorio, alrededor de dos siglos, las comunidades cristiana y judía pudieron seguir practicando sus cultos y viviendo como lo habían hecho hasta entonces, pagando, eso sí, desorbitados impuestos a los conquistadores musulmanes.

Pero cuando el poder omeya se consolidó, y luego el almorávide y el almohade, llegaron las matanzas, las expulsiones y la obligatoriedad de seguir en todo los preceptos del islam, que no es precisamente una religión de paz. Quizá ninguna lo sea y mucho menos en la Edad Media, porque cuando las tornas cambiaron, moriscos y judíos hubieron de someterse, también violentamente, al imperio de la cristiandad.

No fue Al Andalus ningún paraíso, todo lo contrario. En sus diferentes etapas las minorías fueron reprimidas con mayor o menor severidad según se desarrollaba la guerra con los reinos cristianos, pero nunca dejó de operar la rigurosa legislación coránica, que afectaba fundamentalmente a las mujeres, y convertía en enemigos a quienes no se sometían a sus preceptos.

Quizá por eso, añorando aquella irrespirable teocracia, su pérdida representa simbólicamente para muchos musulmanes piadosos una afrenta que requiere de venganza. Tanto Al Qaeda como el Estado Islámico hablan en sus escritos de propaganda de «reconquistar Al Andalus». No hay que olvidar que, en un ejercicio de proyección retrospectiva propio de los iluminados que pretenden encontrar en el pasado una línea de continuidad en el presente, estos dos grupos terroristas celebran, tras cada atentado, la muerte de «cruzados y judíos».

Pero el sentimiento de que la Península ibérica debe volver a formar parte de la umma, esto es, la comunidad de creyentes, no es exclusivo de los yihadistas. En La quimera de Al Andalus, Fanjul reproduce el contenido de algunos libros de texto oficiales en la Siria de Asad. En ellos se presenta la invasión del 711 no como un acto de conquista, sino como la recuperación de un territorio, la Iberia prerromana, de influencia semita, y se lamenta de la derrota de las tropas árabes en Poitiers, porque de haber vencido, «hubieran dominado la Galia y la Europa occidental y hubiera cambiado la faz de la historia, siendo el Corán y la lengua árabe lo que se enseñaría ahora en la Universidad de Oxford». Si hubiera habido Universidad de Oxford, claro, apostilla Fanjul.

Es obvio que a la mayor parte de los musulmanes, al menos a los que viven en España, los delirios de reconquista y de restitución de agravios históricos les suenan a propaganda de grupos de descerebrados. No a todos, sin embargo. Hoy, como entonces, las dos comunidades religiosas se miran con recelo, pero por fortuna nuestro Estado tiene herramientas suficientes para evitar que estalle el conflicto latente que existe en muchos lugares del país. En las fronterizas Ceuta y Melilla, por supuesto, pero también en Barcelona o en muchos pueblos de Huelva o Almería, donde la convivencia no siempre es fácil, aunque no se haya llegado a la situación que se vive en Francia, especialmente en París. Evitar la guetización y fomentar la integración social son dos batallas que las autoridades no deben dejar de dar, exigiendo que todos los ciudadanos, independientemente de su religión, se sometan por igual a la ley.

Fernando Palmero ( El Mundo )