La monarquía española es una institución que si todavía existe, es porque a un general que ahora todo el mundo denigra se le ocurrió que luego de poner orden y desarrollar una nación postrada en la miseria y el odio, salida de una guerra fratricida, había que darle la continuidad histórica institucional de siglos.

Esta y no otra, es la legitimidad de la «nueva monarquía» actual, reinstaurada en la persona de D. Juan Carlos de Borbón y Borbón y por ende, la legitimidad de la llamada transición, cuyo primer eslabón fue el harakiri de las últimas Cortes franquistas.

Para mayor gloria y supervivencia de una institución que todavía no gozaba de la estima de una gran parte de españoles, se montó un autogolpe de estado, para de paso hacer así una depuración profunda en el ejército de los militares franquistas que todavía quedaban a esas alturas.

El papel de arbitraje que la nueva Constitución permite a la Corona nunca fue, ni es, ejercido por ninguno de los dos monarcas de este llamado régimen del 78, que los cursis dicen «que nos hemos dado», a pesar de que el artículo 56 del título II dice que «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes».

El papel que ha jugado el padre del rey actual -no uso el término emérito, porque de ello ha tenido poco- siempre ha sido el conchabeo, también llamado en este caso «borboneo», con unos y otros, siempre más escorado hacia la izquierda, buscando una legitimación de aquellos que fueron derrotados en la guerra civil.

De lo que ha sido el reinado del rey padre casi todo es conocido, sobre todo por la clase política de cada momento, que bien se prestaron a callar, permitir y consentir (=sentir-con) los desvaríos tanto financieros como otros de índole más personal y nadie dijo nada y a todo el mundo le parecían bien. Incluso, ha quedado para la historia como el salvador de una vuelta a una dictadura, cuando solamente fue un alfil de aquel montaje del «sistema» de entonces, socialistas incluidos.

Luego de una abdicación más que anunciada, provocada, visto lo visto de todo lo que aconteció y sigue aconteciendo en torno a la persona del rey padre, vino D. Felipe de Borbón y Grecia, Felipe VI, que transita de puntillas y sin hacer ruido por la cotidianeidad, como si la cosa no fuera con él, no vaya a ser que se enfaden con él tanto tirios como troyanos, dejando pasar, dejando hacer.

Mire Majestad: o se es Jefe del Estado, o no se es. Y si no se es, o no le gusta su trabajo, o no sabe, o no quiere ejercer lo que la Constitución le asigna, déjelo. Porque no se puede estar impávido, viendo pasar ante si hechos y acontecimientos que ponen en gravísimo riesgo la unidad y la continuidad de nuestra Nación y como si nada de lo que pasa fuese con su persona.

Además, pone en grave riesgo su propia continuidad y la de la Corona y la Monarquía como forma tradicional del estado, desde hace más de once siglos. ¿O acaso desconoce que socialistas en el gobierno, comunistas, secesionistas y terroristas van también a por usted, o que en el ánimo del psicópata de la Moncloa está llevar a cabo una reforma constitucional para hacer añicos España?

La democracia, Majestad no solo es que podamos votar cada cuatro años unas listas cerradas impuestas dictatorialmente por las cúpulas de los partidos, ni que el voto no valga los mismo en Bilbao que en Lugo o en Almería y Barcelona. La democracia, Majestad, también exige que los poderes del estado sean independientes y que se cumplan las leyes, en todos por igual.

Va para cuatro años que Su Majestad, dio un discurso con motivo de la secesión declarada de la Generalidad que sacó a la calle a miles de ciudadanos a defender la unidad de España. De entonces acá nada de nada.

Y las cosas han ido a peor: más secesionismo y mas retroceso del español en Cataluña, Vascongadas, Valencia, Baleares, Galicia; más recortes de derechos civiles; más mordazas al parlamento; más deterioro de importantes órganos judiciales; más adoctrinamiento de todo tipo en las aulas; más degradación intencionada de la instrucción y la educación; más imposición de leyes que imponen un pensamiento único histórico; etcétera, etcétera…

Hay cosas en que su intervención constitucional no son interferencias en el juego político. Son de pura y dura urgencia para evitar males irreversibles en lo que toca a la sobrevivencia de la nación y de los valores patrióticos.

En otro orden de cosas, mi opinión es que la Monarquía y el progresismo imperante no deben ser compatibles, por la sencilla razón de que en la sociedad sobre la que Usted reina también existen ciudadanos que no son «progres», ni comparten el globalismo, ni las censuras de grandes monopolios de comunicación, ni un medioambientalismo de cartón piedra y negocio, ni el malthusianismo, ni muchas cosas más. La Corona debe ser neutral en lo opinable y beligerante en la defensa de la libertad, la unidad de España y su permanencia.

Por ejemplo, no debería mostrar en su solapa emblemas o insignias de eventos y políticas cargadas de ideologías concretas, por muy extendidas y publicitadas que estén por los organismos globalistas, como puede ser esa rueda de un programa denominado «Agenda 2030». Porque muchos ciudadanos no comparten ni esa agenda ni las ideologías en que se sustenta.

Como tampoco pueda decirse que haya sido una idea acertada, visto lo visto, la de enviar a la Princesa Doña Leonor, destinada a ser reina de España, a un exclusivo centro de enseñanza, sito en Gales, a donde casas reales, grandes fortunas, élites políticas, etcétera, envían a sus hijos para que reciban una educación y una instrucción selecta.

Se trata del UWC Atlantic College, donde la Princesa cursa el Bachillerato Internacional y donde se celebró la Semana Quered. Los estudiantes participaron en desfiles en los que lucían ropa interior, vestían con ropas del sexo contrario en un ejercicio de travestismo de dudoso gusto y tomaron parte en un cabaret con striptease, así como en otras lindezas de la hoy denominada cultura «queer».

Pues mire Majestad, lo que muchos ciudadanos españoles hemos visto en un vídeo circulado por internet que muestra algunas escenas de una fiesta colegial, deja mucho que desear desde un punto de vista del buen gusto, el respeto ajeno y no digamos ya de la moral que ha imbuido a Europa durante muchos años. De ser cierto este vídeo, la elección no parece haber sido la más acertada ni la mejor posible.

Ser progresista y apostar por un avance de la sociedad hacia mejores valores, condiciones vitales, conocimientos científicos para todos los habitantes de este planeta, es una cosa y otra, muy diferente es ser progresista de cartón piedra al estilo de Samuel Bronston -un gran empresario-. O lo que es lo mismo, ser «progre».

Yo prefiero una monarquía parlamentaria a una república que ya sabemos que cuando ha sido en España, ha acabado como el «rosario de la aurora». Pero, no quiero una monarquía que asuma todo lo que el sistema y el globalismo bendiga como bueno, justo y necesario. Su papel es otro. Cúmplalo.

Majestad, lo «progre», y la monarquía son incompatibles. Su función está en llevar a cabo más altos menesteres. No nos defraude.

José Enrique Villarino ( El Correo de España )